Vigilantes de la noche
El miedo a la oscuridad es una reacción natural, fruto de los orígenes evolutivos del ser humano, inscrita en nuestra configuración cerebral. En la oscuridad somos mucho más vulnerables, y nuestro cerebro “lo sabe”: la vista pierde agudeza, algo que intentamos compensar aumentando el nivel de alerta, procesando de manera más rápida cualquier amenaza, para reaccionar efectivamente. Pero también nos atemoriza la oscuridad del alma, esos momentos de confusión, dolor, desorientación y paralización vital.
Por este motivo, en la tradición de muchas religiones y corrientes espirituales, el contraste entre la noche y el día se ha consolidado como metáfora simbólica de estar dormido versus estar despierto, en referencia a que, nuestra conciencia ordinaria del mundo, suele ser un sueño ilusorio, superficial y ensimismado. En cambio, el despertar se considera un estado de mayor lucidez espiritual y una ampliación de la conciencia de participación en una totalidad que nos comunica vida mucho más allá de nuestra individualidad. Entonces estar dormido es vivir en la oscuridad de la ilusión y estar despierto es vivir en la lucidez de nuestra verdad.

En el evangelio (Lc.12,32-48), Jesús, se refiere a este tema y nos hace una trascendental recomendación. Entre otras cosas, nos advierte: ustedes vivan con los lomos ceñidos y las lámparas encendidas, porque es dichoso el sirviente a quien su patrón lo encuentra despierto. La metáfora se refiere a fortalecer la zona de la cintura para que el cuerpo no pierda el equilibrio con el esfuerzo, el temor o el dolor, como ocurre cuando las experiencia difíciles doblan nuestra cuerpo, y la cintura ya no puede sostenernos en pie. También se refiere a la preocupación por estar espiritualmente fortalecido para vivir y abordar los desafíos de vivir: “Ciñe los lomos de tu entendimiento” (1ra de Pedro 1:13).
La invitación de Jesús a vigilar la noche para no dejarnos acunar por la oscuridad, y dejar que entren ladrones a robarnos la abundancia de la vida, implica la pregunta de cómo manejar la oscuridad de la noche, aquella que nos provoca tanto temor. Hay muchas respuestas sobre esto, una de las mejores es la de Pablo Neruda: “Si cada día cae dentro de cada noche, hay un pozo donde la claridad está encerrada. Hay que sentarse a la orilla del pozo de la sombra y pescar luz caída, con paciencia.”

Ser vigilantes de la noche, no quiere decir vivir tan atemorizados por la muerte que impida desplegar la vida; no quiere decir encerrarse en un ascetismo estéril que no celebre la fecundidad de todo lo vivo; no implica creer que la vida esconde entre sus pliegues una trampa para condenarnos.
Ser vigilantes de la noche implica vivir alertas a reconocer novedades, prestar atención a detalles, celebrar la vida en cualquiera de sus expresiones; tener disposición a trabajar con serenidad y confianza en la propia capacidad de responder a los complejos desafío que se presenten; confiar en la imperceptible voz que nos reitera su don de vida en abundancia, en los momentos en que la noche se hace más oscura y nos acosa la desesperación, y percibir antes que se produzcan, los hilos de luz que nos hablan del arribo del amanecer.
Con toda la fuerza de su convicción, Jesús nos señala: “a quien mucho se le confió, se le pedirá aún más”. A todos y todas se nos ha confiado el cuidado de nuestra vida, de la vida de todos y de todo y las cosas no van bien. Es hora de ceñir lomos, encender la lámpara y retomar nuestro turno de vigilancia. ¡Amén!
Ana María Díaz, Ñuñoa, 7 de agosto de 2022
