Revelaciones a los pequeños

A propósito del tema de este domingo, tal vez vale la pena comenzar recordando que el cansancio es agotamiento físico, que sobreviene cuando se acaba la energía del cuerpo. En cambio, el agobio es una sobrecarga psicológica que ocurre cuando se percibe que las demandas son mayores que los propios recursos o el tiempo disponible. Cuando ambos se juntan, forman un ciclo de desgaste. La fatiga física reduce la tolerancia al estrés, lo que hace que cualquier situación cotidiana se perciba como una amenaza o una montaña insuperable, aumentando el agobio.

En este tema, que es un asunto transversal en la cultura planetaria hoy, el filósofo Byung-Chul Han, publicó hace unos años un certero análisis de la sociedad contemporánea titulado “La Sociedad del Cansancio. La tesis central del libro de Han consiste en que hemos pasado de ser una sociedad disciplinaria, de prohibiciones y deberes, como era la sociedad diagnosticada por el filósofo e historiador francés Michel Foucault, a ser una sociedad positivista, una sociedad en que todo se puede hacer – “tú puedes”, “sí, podemos” -, de tal modo que quién no triunfa es por culpa suya. De prohibiciones hemos pasado a “motivaciones”. La sobreabundancia de positividad, paradójicamente, genera cansancio, el cansancio de auto obligarse a rendir cada vez más, de vivir la ilusión de “creer que cuanto más competitivo uno se vuelva, más libre se es”. Actualmente no estamos siendo destruidos principalmente por la opresión de un poder externo, sino por la auto explotación que nosotros mismos asumimos como si fuera libertad. El cansancio actual, entonces, no proviene únicamente del exceso de trabajo, proviene de una lógica interior, lo cual lo convierte en asunto espiritual.

En el evangelio de este domingo, Jesús nos dice: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré”. Hoy podríamos traducir esta invitación diciendo: «Vengan a mí quienes sienten que ya no pueden sostener el ritmo que les exige la vida.» En ese sentido, el texto de hoy comienza con una extraordinaria compasión por la fragilidad humana.

Jesús dice: «Vengan a mí”, de modo que su alivio tiene un carácter profundamente relacional. Es descansar en Alguien. No simplemente descansar de algo. Quizás el problema de nuestro tiempo no sea simplemente que trabajamos demasiado. Es que hemos olvidado descansar en Dios. Hemos aprendido a producir, pero no a recibir; a competir, pero no a confiar; a demostrar nuestro valor, pero no a reconocer que somos amados. El descanso que promete Jesús no es una pausa para volver a producir con más eficacia. Es el comienzo de una manera nueva de vivir, en la que dejamos de definirnos por nuestro rendimiento y empezamos a descubrirnos desde el amor compartido.

Jesús no promete una vida sin yugo. Promete un yugo diferente. El problema no es llevar peso, sino cargar solos con el peso de tener que justificar permanentemente nuestra existencia; es aprender otra manera de vivirla, y eso cambia completamente la experiencia del esfuerzo. Jesús nunca ofrece primero una explicación ni un código moral; ofrece una forma de nueva de habitar la existencia.

En ese sentido, este texto es menos un discurso sobre el descanso que una invitación a entrar en una sabiduría distinta. Esa sabiduría tiene rasgos muy concretos: la pequeñez frente a la autosuficiencia, la confianza frente al rendimiento, la relación frente al aislamiento, la contemplación frente a la hiperactividad y la gracia frente al mérito. El verdadero descanso no comienza cuando terminamos nuestras tareas, sino cuando dejamos de creer que nuestro valor depende de ellas. No es casualidad que Jesús dé gracias porque el Reino se revela a los pequeños y, enseguida, invite a los cansados y agobiados. Tal vez los pequeños de los que habla no son simplemente los humildes, sino quienes han dejado de creer que pueden sostener el mundo sobre sus propios hombros. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 5 de julio de 2026

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