La sabiduría de las emociones

En las sociedades tradicionales, y en los grupos de cultura conservadora, ha habido y hay una enorme sospecha sobre las emociones. Recién por la década de los años 80, Peter Salovey y John Mayer, de la Universidad de Yale, investigaron el tema con una perspectiva que permitió cambiar la mirada y sacar las emociones del paradigma de ser energías peligrosas, inmanejables, por las que las personas de madurez inferior, se dejan llevar, obnubilando su razón. Durante años de años se pensó que las emociones estaban confinadas al cerebro primitivo y las capacidades cognitivas a la corteza superior. La amígdala cerebral siempre ha sido vista como un núcleo central en la vida emocional del cerebro humano, reaccionando a los diversos estímulos que nos conmueven, pero sin relación con la vida cognitiva.

La verdad resultó ser todo lo contrario. Las investigaciones en neuroanatomía demostraron que los circuitos emocionales del cerebro interactúan fuertemente con los cognitivos y no existe proceso de pensamiento alguno que no esté influenciado o modulado por la emoción. Más aún, el cerebro no funciona al modo de compartimentos estancos especializados en diversas tareas, sino como una red dinámica de alta complejidad en el que los núcleos emocionales del cerebro interactúan con los corticales superiores en un proceso de ida y vuelta que tiene profundas implicancias para nuestra vida.

Sin embargo, este no ha sido el final del camino de la emociones en búsqueda de su reivindicación. Se produjo una tajante separación entre emociones positivas y negativas, concluyendo que las personas de espíritu superior solo experimentan las primeras y reprimen las segundas, porque no se debe experimentar emociones negativas. Nuevamente esto ha resultado ser equivocado. Las emociones negativas son esenciales en nuestra vida, cumplen una función vital permitiéndonos reconocer cómo nos afectan las vivencias que experimentamos, reconocer lo que nos causa dolor, enojo, temor o ansiedad, porque reconocerlo es el único camino posible para integrar las vivencias y reaccionar al entorno. Las emociones negativas nos proporcionan información relevante acerca de lo que está sucediendo y nos motivan a actuar; nos posibilitan seleccionar, con la energía y la información que nos aportan, las acciones adecuadas a cada contexto. A través de ellas, expresamos nuestros deseos, marcamos límites, nos defendemos y exteriorizamos las reacciones de nuestro mundo interno.

Como seres humanos tenemos una larga historia de intentar hacernos superiores desembarazándonos de partes de nuestra humanidad. Hemos intentado sacarnos de encima los instintos, el cuerpo, la sexualidad, las emociones, etc. Hemos buscado subirnos a la cumbre de la perfección moral siendo pura razón y puro espíritu. No obstante, cada vez hemos tenido que volver sobre nuestros pasos para recuperar los trozos perdidos de nuestra humanidad; y hacer una mejor síntesis de todo lo que somos, armonizando todo lo que somos, como ha sucedido con la sabiduría emocional.

Ana María Díaz

 

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