El vigor de las cenizas
La ceniza es un símbolo significativo, porque nos recuerda que algo tan vivo, ardiente y poderoso como el fuego, termina convertido en un polvo frío, estéril e impalpable. También nos hace presente que estamos expuestos a ver desaparecer nuestros mejores sueños, realizaciones, pasiones y logros. Muchas veces hemos experimentado en carne propia el amargo sabor de las cenizas. Se suele considerar que la ceniza es la última condición de la materia, el estado de máxima destrucción, después del cual ya no hay más transformación. Por esto, funciona tan bien como metáfora de las experiencias que terminan sin vuelta: “Solo quedan las cenizas de lo que fue”.
Sin embargo, eso no es todo. La ceniza está emparentada con el polvo, la forma más baja de la realidad material, del cual Dios hizo al ser humano soplándole su aliento divino. De ese parentesco habla Abraham al decir: “ahora me he atrevido a hablar al Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Gen 18,27). Por todo esto, hay una larga tradición judeocristiana en la que la ceniza nos ha recordado nuestros modestos orígenes – la palabra humus=tierra y humildad tienen la misma raíz etimológica -, a la vez que nuestro destino final. Por eso también la ceniza ha estado largamente presente en los rituales de reflexión, penitencia, luto y dolor, evocando nuestra fragilidad, nuestra necesidad de expiación y nuestra muerte. Hoy, miércoles, en miles de templos católicos, protestantes y anglicanos, como hace ya diez siglos, se signará con ceniza a los fieles, recordándoles: “polvo eres y en polvo te convertirás”, dando inicio al tiempo de cuaresma.

Sin embargo, los símbolos no agotan su significado en una sola mirada. En la vida todo final es un principio, también cuando se trata de las cenizas. Por ejemplo, la ceniza es un producto que se utiliza en la agricultura para proteger las siembras del ataque de plagas, como los gusanos y de enfermedades, como los hongos; además, también aporta nutrientes al suelo, especialmente sales minerales, que la planta aprovechar para adquirir fortaleza y vigor en su crecimiento. También se utilizan cenizas de algunas plantas en la producción de diversos ungüentos, gotas y tabletas para la curación de una gran variedad de enfermedades a la piel y órganos internos. Como vemos la ceniza está lejos de ser el final de las transformaciones y es capaz de seguir produciendo vida.
Es el hermoso mito del ave Fénix el que nos habla más hondamente de esto. Según el relato de Ovidio, cuando el ave Fénix ve llegar su final, construye un nido especial con ramas de roble y lo rellena con canela, nardos y mirra, en lo alto de una palmera. Allí se sitúa y, entonando la más sublime de sus melodías, expira. A los 3 días, de sus propias cenizas, surge un nuevo Fénix y, cuando es lo suficientemente fuerte, lleva el nido a Heliópolis, en Egipto, y lo deposita en el Templo del Sol.
Como sabemos, los mitos son relatos poéticos que recogen experiencias reales. También nosotros podemos dar testimonio de haber renacido de las cenizas, como cuando nos hemos puesto de pie luego de dolorosos duelos; cuando hemos recuperado el auto aprecio después de rotundos fracasos; cuando hemos podido volver a confiar en los demás, a pesar de que nos han hecho daño. Tal como dijo Viktor Frankl: “el hombre que se levanta es más fuerte que el que cayó”.
Con la ceniza es importante recordar que somos polvo y en polvo nos convertiremos. Pero también es importante recordar lo que nos dijo Quevedo: “serán cenizas, más tendrán sentido. Polvo serán, más polvo enamorado”. Desde las antípodas de la vida, ese polvo frío que es la ceniza guarda la memoria del fuego que fue, nunca olvida, y más temprano que tarde, regresa para seguir viviendo.
Hoy, miércoles de ceniza, con el signo en la frente, nos volvemos a abrazar a la experiencia de Jesús, nuestra ave Fénix y nuestra ceniza más sagrada.
Ana María Díaz, miércoles de ceniza, 2026.
