Los ideales y las manos

Podemos decir que hay miradas contrapuestas en todos los aspectos de la realidad que se refieren, por un lado, a tener una visión utópica sobre las cosas, aspirando a una cierta perfección y a comprenderlas en su verdadera “esencia”, y por el otro, a mirar las cosas como son, a reconocer nuestras experiencias tal como se dan, rechazando la envoltura retórica del lenguaje que idealiza la realidad.

Esta tensión es un drama con el que nos encontramos cotidianamente: necesitamos proyectos que den referencia a nuestra vida, sueños que nos permitan trabajar en cambios profundos y horizontes que nos pongan a caminar. Pero también necesitamos dar espacio a una comprensión realista de nuestra vida, donde quepa el fracaso, las decepciones, las derrotas, los errores, etc.

En el evangelio de hoy, Jesús nos habla metafóricamente de lo que es el reino de Dios, o la Vida en Abundancia, como lo llamó también. En estas metáforas encontramos respuesta a esas fracturas con que vivimos, a esa distancia entre los ideales a que aspiramos en la vida y la realidad tal como es.

Con las metáforas del tesoro escondido bajo tierra, de la perla más fina que encuentra un comerciante y de la red que recoge una muy heterogénea pesca en el mar, Jesús nos enseña que todo aquello que buscamos en la vida se encuentra oculto bajo la maraña de lo que llamamos realidad, no es evidente, notorio ni público, “es un milagro que no se ve”; también nos enseña que es algo extraordinariamente valioso, en lo que vale la pena invertir todo lo que tenemos, todo lo que somos, con total dedicación; también nos dice que la felicidad que buscamos no se encuentra de manera depurada, aséptica ni impoluta. La encontramos en medio de la morralla, crece junto a la cizaña, indistinguible en medio de una pesca de diversa calidad.

En definitiva, el contrapunto existencial entre el ideal y la realidad es la tensión que nos define como humanos. No estamos aquí para resolver esa ecuación, sino para aprender a habitar su paradoja. Se trata de sostener el ideal con firmeza, pero sin desconocer la realidad que palpamos; de tocar el barro sin renunciar a las estrellas. La autenticidad no consiste en alcanzar la perfección, sino en mantener viva la conversación entre lo que somos y lo que aún deseamos ser, aceptando que esa conversación es, en sí misma, el único hogar posible.

Estamos todas y todos invitados a celebrar la buena noticia de saber que los ideales a que aspiramos no son engañosas utopías inalcanzable que solo existen en un más allá siempre postergado. Nos dice Jesús que crecen en orillas de perfección en medio de la realidad tal cual es y las podemos reconocer si educamos la mirada; nos pertenecen como valiosas posesiones que hoy ya son nuestras y que todavía esperamos abrazar cada vez más totalmente; crecen con una potencia radical, pero indistinguibles en medio de la realidad opaca, pero bendecida. No tenemos que seguir padeciendo como si entre los ideales y el trabajo cotidiano de nuestras manos hubiera un desgarrón sangrante porque, como dice la escritora, los sueños siempre están delante de nosotros, a la fuga. Alcanzarlos y pasar momentos al unísono, es un milagro siempre probable ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 26 de julio de 2026

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