Cuando está en juego lo que importa
Cuando se pone a prueba lo que creemos, aquello en lo que hemos trabajado con mucha pasión, o nuestros más caros modos de mirar la vida, hay dos caminos posibles que aparecen con gran intensidad: seguir defendiendo aquello en lo que creemos o retirarnos de la palestra por prudencia o temor, por no pasar incomodidades o no arriesgar seguridades.
Este dilema no es un mero contratiempo psicológico, es el crisol de la adultez espiritual y la forja de la auténtica identidad. Nos encontramos ante una encrucijada donde la brújula interna señala un rumbo, pero el cuerpo, las finanzas y el entorno claman por la “prudencia” de no arriesgar nada.
Ser fiel a uno mismo muchas veces implica, inevitablemente, “individualizarse”, lo que significa apartarse del rebaño y asumir la soledad de ser el autor de su propio camino. A veces el conflicto no es entre el bien y el mal, sino entre la coherencia interna y la pertenencia social.
En esto hay también disquisiciones filosóficas sobre la libertad personal. En ocasiones nos decimos: “es que yo tengo una familia que mantener, no puedo arriesgarlos por defender ideas”. Pero la verdad filosófica es que las circunstancias pesan, pero nunca determinan, siempre hay un resquicio de soberanía en los dilemas éticos.

De este tema trata el evangelio de este domingo. De vuelta de Cesare de Filipo, donde Jesús nombró a Pedro, líder de su movimiento, comenzó a contarles de su decisión de ir a Jerusalén y de los enormes riesgo que implicaba, de las posibilidades ciertas de que lo tomarán preso, lo torturarán e incluso de ser condenado a muerte. Pedro, el recién asumido líder, lo lleva a parte y lo increpa con una mezcla de preocupación por Jesús y de interés por no desanimar el movimiento. Entonces Jesús reacciona indignado, rechaza la postura de Pedro y lo acusa diciendo: “Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios”. A continuación, les dice a todos, nosotros incluidos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”.
En lo que nos dice Jesús hay un cuestionamiento a la «seguridad» que es el ídolo que el ego adora, y la ilusión de control sobre el futuro. La espiritualidad profunda nos enseña que la paz no reside en que todo salga bien, sino en la intención pura del acto. Si ligamos nuestras decisiones a la expectativa de un resultado seguro, la decisión será siempre tiránica e incierta. Pero si actuamos porque es lo que somos, entonces el acto se convierte en una oración, en una ofrenda a la totalidad de la vida. Por eso dicen: “La coherencia es el arte de caminar descalzo sobre las espinas del conformismo; la meta no es el alivio de los pies, sino la integridad del alma que se niega a sangrar por la mentira.”
Celebramos la buena noticia de la invitación de Jesús a ampliar el espacio de la libertad interior, de la fidelidad a lo que importa, de las amorosas decisiones en favor del bien, la verdad, la justicia, la misericordia y la paz.
Ven Jesús a fortalecer nuestra fidelidad y nuestra decisión de seguirte en el camino de tu cruz. Te damos gracias por los millones de hombres y mujeres que despiertan cada día llevado su vida cotidiana con un corazón honesto, sencillo y fiel. ¡Amén!
Ana María Díaz, Ñuñoa, 30 de agosto de 2026
