Contemplar con asombro

Frecuentemente nos encontramos ante situaciones muy difíciles que no dudamos en llamarlas imposibles. La distancia entre lo que necesitamos, buscamos o soñamos y la realidad en que nos encontramos, vale decir, los recursos de que disponemos, las alternativas abiertas a nuestra opción, o simplemente nuestras capacidades, es de tal magnitud que dolorosamente pensamos que solo un milagro puede cambiar la situación. Muchas veces nos encontramos ante situaciones a las que bien les cabría como metáfora para describirlas decir que es como tener que alimentar a una multitud con cinco panes y dos peces.
La palabra milagro viene del latín miraculum «mirar». Se usaba para referirse a aquellas cosas prodigiosas que escapaban al entendimiento humano de entonces, como los eclipses, las estaciones del año y las tempestades. Así entonces, un milagro, desde el punto de vista etimológico, es “contemplar con asombro”

El evangelio de este domingo es conocido como uno de los milagros más notables de Jesús. Sin embargo, su arquitectura es semejante a la de todos los gestos de Jesús. Podemos decir que, junto con realizarlos, Jesús nos enseñaba cómo hacer milagros, porque su procedimiento es muy sencillo.

En primer paso es sentir que nos encontrarnos en una situación imposible, como las que con frecuencia se viven en diversos ámbitos. El ser humano no está hecho para resignarse o rendirse. Cada vez que la realidad de los hechos nos golpea con su dureza, nuestro corazón contra fáctico, indócil a los hechos, espera e implora por un milagro.

En segundo lugar, es necesario hacerse cargo. Nada asombroso resulta de endilgarles a otros las situaciones difíciles, de lavarse las manos y desentenderse. Los discípulos lo intentaron: “que cada uno se vaya a buscar lo que necesita”. Para Jesús, el secreto del milagro está en hacerse cargo de la situación, en sentirse concernido, heroicamente involucrado en la gesta de acercar nuestras pobres realidades a los sueños que nos habitan. Hacernos cargo de producir un milagro.

Un milagro no es lo extraordinario que rompe la cadena de la causalidad; es la capacidad humana de ser libre dentro de esa cadena, eligiendo el bien ante cualquier circunstancia. Esa libertad interior, que nada ni nadie puede arrebatarte, es el verdadero portento.

Otro requisito de los milagros es comenzar con lo que tenemos o de donde estamos. En esto los milagros se diferencian de las fantasías compensatorias. En ellas nos imaginamos todopoderosos, ricos, bellos, talentosos, saludables, etc. Es decir, en las fantasías nos saltamos la realidad, nos ponemos fuera de ella, en otras condiciones. En cambio, los milagros se producen cuando audazmente nos atrevemos creer que podemos alimentar a más de cinco mil con lo poco que tenemos. ¿No dice la sabiduría que todo gran viaje comienza con un pequeño paso? Pero nosotros conocemos poco y valoramos menos la importancia de lo pequeño. Nos interesa solo lo grande, notable, y cuantioso. No valoramos ni entendemos casi nada de lo pequeño, modesto o escaso. Sin embargo, lo pequeño no es irrelevante ni poco significativo. Por el contrario, es la verdadera esencia de la vida y de la renovación de la vida. Todo lo que vive comenzó siendo un invisible brote. Por eso, todo milagro es un signo profético y un anuncio de la maravillosa importancia de creer y cuidar lo pequeño en el conjunto de la magnificencia de la vida.

Finalmente, para que se produzca un milagro es necesario levantar los ojos al cielo. Solo celebrando nuestras raíces celestes podemos descubrir que el secreto de los milagros no consiste en esperar una rápida intervención divina que resuelva la situación. El secreto de los milagros es que nos resuelven a nosotros: cambian nuestro corazón, nuestras miradas, el contenido de nuestras esperanzas. Levantar los ojos al cielo es lo que nos permite, en medio de las difíciles circunstancias que nos toca vivir, hacer una profunda re significación de nuestros intereses, de nuestros credos y prioridades. En eso consiste todo milagro.

Celebremos la invitación de Jesús a contemplar con admiración, asombro y estupefacción el milagro de la vida que se multiplica y a sentirnos depositarios de la capacidad de multiplicar el pan de la vida y la vida en abundancia en nosotros y en otros. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 2 de agosto de 2026

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