Exorcizar la desesperanza

Es un momento muy crítico para la humanidad entera, en el que, con diferencias específicas, los mismos problemas nos amenazan a todos: la grave situación económica, la crisis migratoria, el peligro del hambre, la agudización de las consecuencias del calentamiento global, las amenazas a la democracia, la violencia irracional de la guerra. Y por si esto fuera insuficiente, después de 60 años, el chantaje de las armas nucleares se ha vuelto hacer presente. Todo esto golpea duramente, en su línea de flotación, al principal aliciente que la humanidad en general, y cada ser humano en particular, tiene para vivir: la esperanza. Cuando la esperanza se desdibuja las cosas se deterioran rápida y gravemente. Es por esto que exorcizar la desesperanza se ha convertido en nuestro principal empeño del presente.

El evangelio (Lc.18, 9-14) nos habla de dos hombres que vivían tiempos difíciles también, en la Palestina de Jesús. Este pueblo que había nacido y crecido respetando la fidelidad a una alianza especial con su Dios, estaba a punto de perderlo todo. En medio de esta triste situación, estos dos hombres de los que Jesús nos habló, habían optado por estrategias diferentes para vivir el momento. El fariseo había optado por una desesperanzada obstinación y el publicano, por una desesperanzada resignación. El primero se aferra literal y obsesivamente al cumplimiento de la Ley, auto exigida y exigida a otros, sin moverse ni un ápice de ella, porque sólo así puede obtener la justificación que necesita su existencia. El segundo, se decidió por el más descarnado y crudo realismo, y se pone al servicio de los romanos, porque los tiempos mesiánicos no parecían tan cercanos y tenía claro que jamás lograrían la fuerza necesaria para expulsar al imperio más poderoso de la historia. Lo mejor era ser pragmático.

A ambos les fue mal con su estrategia. Al fariseo le interesa cumplir con lo que se espera de él, lo cual terminó por ocupar el espacio de su libertad interior. Se conduce con afán de notoriedad precisamente para compensar, con el aparataje de la exterioridad, su falta de interioridad. El fariseo no es un hombre iluminado por la luz, se ha sepultado en ella. Es un sepulcro blanqueado, como dijo Jesús, con la expresión más dura que le hayamos oído. El publicano sentía que se había comportado como un hombre práctico y razonable, pero había perdido todo sentimiento positivo. Su corazón había hecho un largo tránsito del pesimismo a la amargura hasta llegar al vacío más absoluto. En un comienzo pensó que astutamente se vengaba del imperio, pero a nadie los romanos habían vencido tanto como a él: Le quitaron sus esperanzas, sus sueños, su capacidad de amar, sus amigos, su patria, su autor respeto y su Dios. Se sentía sepultado en la oscuridad más absoluta.

La predilección de Jesús siempre está con quienes, desde la profundidad de las sombras, vuelven su corazón a Dios. El publicano va al templo en la más completa bancarrota de méritos, en la más absoluta capitulación de su capacidad de auto sostenerse en la vida. Sabe que ha vivido lejos de Dios, lejos de los otros y lejos de sí mismo. Por esto, desde las mazmorras de la oscuridad de su vida, clama: “Dios mío, ten compasión de este pecador”. Y fue escuchado.

Dice el teólogo Torres Queiruga: “la esperanza pertenece al grupo de vivencias o experiencias fundamentales que llegan al fondo de la existencia, movilizando los resortes de la vida y suscitando las cuestiones del sentido. En última instancia, el problema de la esperanza coincide con el problema de la existencia: es uno de sus aspectos radicales”. Exorcizar la desesperanza es cuestión de encontrar al fondo del propio interior, las motivaciones genuinas que movilizan efectivamente los resortes de la vida. Esa profundidad es el lugar donde siempre habrá una respuesta misericordiosa a nuestra búsqueda de amor, a nuestra necesidad de bien y a nuestro deseo de asaltar el cielo. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa

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