La experiencia celeste de la Luz
No es fácil encontrar momentos propicios para la introspección, la reflexión auto organizadora o el examen personal. Sin embargo, la vida siempre encuentra el modo de dar con nuestros puntos más débiles, y nos hace feroces reflejos. Es que el proceso de hacerse cargo de sí mismo, de limpiar la mirada de las trincheras defensivas y alcanzar una auto comprensión más total, es engañoso. Cuando te percibes en una planicie cómoda, inesperadamente recibes una estremecedora conmoción pedagógica, que te revela dolorosas limitaciones personales, lo que lleva a peguntarte cuánto más no sabes de ti, cuánto te manejan desconocidas fuerzas subyacentes y qué alcance real tiene el territorio de tu libertad.
Por otra parte, ocurre también que hay increíbles momentos de auto revelación de los aspectos más luminosos de nosotros mismos – sobre todo por reflejo de quienes nos aman – que son verdaderas epifanías privadas. Quién no ha experimentado momentos inesperados de íntimas conversaciones, al calor de la noche, con amigos o amigas del alma, que se convierten en oportunidad de sondearse y descubrir riqueza, fecundidades y honduras de la propia alma, tal como si nos hubiéramos transfigurado, todo a causa de indagarse en el luminoso espacio del afecto profundo. También esto nos hace pensar en cuán azaroso puede ser el auto reconocimiento.
Lo mismo ocurre en el plano colectivo, junto a enormes esfuerzos en función del bien común, estallan brutales conflictos, muchas veces entre poderosos ejércitos y ciudadanos inermes, como la guerra que acaba de comenzar en Irán. Todo esto nos lleva a preguntarnos desconcertados: ¿Para dónde vamos o qué sentido tiene esto?

El evangelio de este domingo nos relata el críptico pasaje de la Transfiguración, en el que Jesús, acompañado por Pedro, Santiago y Juan, sube a una alta montaña, donde sus discípulos viven una estremecedora experiencia: observan una imagen translucida de Jesús hablando con Moisés y Elías y escuchan una voz que reconoce a Jesús como el hijo amado y los invita a escucharlo. Ellos se sienten profundamente perturbados, como habiendo sido sacados del guión normal de su vida y llevados a una dimensión inédita.
Las altas montañas son literal y simbólicamente el punto de encuentro entre el cielo y la tierra, el lugar donde se tienen experiencias místicas, vale decir, experiencias de máxima unión con lo sagrado. Pedro, Santiago y Juan, en la alta montaña, pudieron adentrarse en la gloria celeste de la identidad de Jesús. La presencia de Moisés hace referencia al nacimiento del pueblo de Dios, señalando el origen de la relación colectiva con Dios. Por otra parte, el Libro de Malaquías prevé que Elías regresará el Día del Juicio, predicción que le da el estatus de símbolo del Mesías, por ello es esperado cada pascua en los hogares judíos, reservándole un asiento especial. Entre los dos, se encuentra Jesús, como puente que sostiene la totalidad del espacio y del tiempo, del ser, la clave del universo y la historia.
La buena noticia de la transfiguración nos anuncia que ni el universo, ni la historia y mucho menos nuestra vida personal, están entregados a la arbitrariedad del acaso, ni a la majestad de fuerzas ignotas carentes de dirección. “A Él lo buscamos y en Él nos movemos, pero, para alcanzarle, es preciso prolongar todas las cosas hasta el límite de su naturaleza y de su desarrollo. La evolución es la manifestación de la creación en nuestra experiencia, condicionada por el espacio-tiempo. Una luz que esclarece todos los hechos, una curvatura que debe abrazar todos los trazos, eso es la evolución”. (Teilhard de Chardín)
Estamos invitadas e invitados por la transfiguración de Jesús a vivir confiando en la fuerza creadora que nos llama a llegar hasta límite de nuestra naturaleza y desarrollo; a confiar en la luz que todo lo va aclarando y en el abrazo generativo que envuelve todos los trazos de nuestra vida y de nuestra historia, dándonos una libertad iluminada, y llenando de sentido, tanto nuestras bajadas al infierno, como nuestras subidas a la alta montaña. ¡Amén!
Ana María Díaz, Ñuñoa, 01 de marzo de 2026
