Cuando el corazón se turba
Con el paso de los años, no solo cambiamos nosotros, también cambia nuestro entorno. Por eso, lentamente nos invade la evidencia de que la vida, tal como la conocíamos, va desapareciendo; nos damos cuenta de que el mundo en el que aprendimos a vivir empieza a retirarse lentamente: hay gente querida que parte, se acaban vínculos que fueron importantes, las tiendas en que nos hemos abastecido por décadas, cierran, productos que usamos por años, se descontinúan, ciertas palabras y modos de relación, desaparecen también, incluso la mirada ética se enfoca de otro modo.
Con esto descubrimos que no solo mueren personas, también mueren épocas, formas de vida, paisajes afectivos. Es un tipo de duelo que no siempre reconocemos, el duelo por la desaparición del mundo familiar. Es un dolor que no proviene solo de perder algo o alguien, sino de perder el entramado de continuidad que sostenía nuestra existencia. Esa panadería de décadas, esa conversación habitual con alguien que ya no está, eran pequeñas confirmaciones silenciosas de identidad, de que “mi vida sigue siendo mi vida”. Cuando desaparecen muchas de esas referencias, aparece una sensación de intemperie, como si el mundo comenzara a hablarnos en un idioma ligeramente ajeno o nos hubiéramos mudado a un país diferente. Entonces aflora una turbación en el corazón, una mortificación en el alma que nos obliga a meditar sobre cómo vivir esto o qué sentido darle.

En el evangelio de este domingo, Jesús nos hace una invitación que es justo lo que necesitamos oír para desarrollar la conciencia que este proceso requiere. Nos dice: “que no se turbe su corazón, crean en Dios y crean también en mí. Yo soy el camino y la verdad y la vida”. Creerle a Jesús nos permite desarrollar una sabiduría para mirar más a fondo, más allá, más totalmente.
Creerle a Jesús nos ayuda a comprender que la vida es expansión, crecimiento y desarrollo. Pero también es desasimiento, pérdida y desprendimiento. En muchas culturas antiguas esto era considerado una sabiduría profunda, porque la abundancia de la vida es una corriente que fluye en una profundidad mayor que su capa más externa. Ignorar esto nos tienta a vivir aferrándonos a la obnubilación del entretenimiento, la obstinación por la productividad y la obsesión por permanecer siempre joven, cuestiones tan arraigadas en nuestra cultura.
Creerle a Jesús nos invita a vivir en una nueva forma de conciencia, con aceptación de la fragilidad y la transitoriedad de todas las cosas. Muchos pensadores y tradiciones espirituales han intuido que la segunda mitad de la vida implica aprender otro tipo de relación con el mundo. Ya no basada tanto en poseer, acumular o crecer, sino en agradecer, soltar y contemplar. Carl Jung decía que gran parte del sufrimiento de la madurez surge cuando intentamos seguir viviendo psicológicamente en la lógica de la juventud, con expansión, control, permanencia, cuando la vida nos empieza a pedir interioridad, reconciliación, integración.
Creerle a Jesús es descubrir, con los años, que la vida va retirando apoyos externos para animarnos lentamente a buscar un fundamento más profundo que las conocidas seguridades cotidianas. Romano Guardini describió el envejecimiento como una escuela espiritual que nos permite descubrir qué permanece cuando tantas cosas desaparecen, como los vínculos esenciales, aunque hayan cambiado de forma, la memoria conmovidamente agradecida por todo lo vivido, la capacidad de asombro, la ternura, la esperanza, el sentido construido o las fidelidades interiores largamente cultivadas. Incluso descubrir que el dolor puede transformarse, porque hay tristezas que no se curan del todo, pero sí maduran, se vuelven más llevaderas, más silenciosas, menos desesperadas, como una dulce melancolía lúcida.
Creerle a Jesús es vivir una pascua recurrente y una purificación fecunda. La vida va quitando capas, ilusiones de permanencia, identidades apoyadas en lo externo. Y aunque eso produce vértigo, también puede abrir una profundidad nueva, la de aprender a habitar el tiempo sin exigirle eternidad. Hay algo muy hondo aquí, la experiencia pascual no consiste solo en creer que después de la muerte hay vida, sino en aprender que toda vida verdadera fluye en una profundidad de transformación permanente, donde lo que se pierde se recupera en otra dimensión tan vital como la anterior. Toda despedida importante nos introduce – aun sin saberlo – en ese misterio.
Cada vez que nuestro corazón se turba es una llamada a confiar en ese Jesús que es camino de sabiduría, verdad profunda de sentido y vida en abundancia. ¡Amén!
Ana María Díaz, Ñuñoa, 03 de mayo de 2026
