Lecciones de la ceniza

La ceniza es considerada la última condición de la materia, el estado de máxima destrucción, después del cual ya no hay más transformación posible. Por esto funciona tan bien como metáfora de las experiencias que terminan sin vuelta¬: “solo quedaron las cenizas”
Sin embargo, no es solo símbolo de lo que se ha terminado o está definitivamente muerto. La ceniza está emparentada con el polvo, la forma más baja de la realidad material, del cual Dios hizo al hombre soplándole su aliento divino. De ese parentesco habla Abraham al decir: “ahora me he atrevido a hablar al Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Gen 18,27).
Por todo esto, hay una larga tradición judeocristiana en la que la ceniza nos ha recordado nuestros orígenes, nuestro lugar y destino final. Por eso, también ha estado largamente presente en los rituales de reflexión, penitencia, luto y dolor, evocando nuestra fragilidad, nuestra necesidad de expiación y nuestra muerte.
Simone Weil, filósofa francesa, escribió que la clave de la espiritualidad es la humildad, la que ella entendía como el conocimiento de que la vida nos ha sido regalada, en tanto ser humano, y en tanto criatura. Esto, en oposición a la creencia de que la vida se asienta en el sí mismo del ser humano particular. Es decir, la persona humilde vive conectada con lo universal de la vida, y no con su engañosa particularidad, a la que Weil hace responsable de la ambición, la codicia, el deseo de poder, la necesidad de imponerse a los demás y la violencia ejercida sobre otros.
La palabra humildad viene del latín “humilitas”, compuesta de humus que significa tierra y el sufijo “itas” que indica cualidad de ser. Entonces ser humilde implica reconocer la cualidad de ser tierra. Es tener consciencia de nuestra condición de ser una criatura más del inmenso universo de la vida; de que la vida nos atraviesa como una poderosa energía que hace vivir a todos y a todo; de que, como lo decimos desde nuestra mirada creyente, somos polvo y aliento de Dios. No es extraño que la humildad sea considerada una luminosa virtud que respeta y protege el valor de la universalidad de la vida, el valor de toda vida, no solo la propia, ni la de la tribu propia.
En muchas culturas, desde hace muchos siglos, la ceniza, como el polvo más inerte que se puede encontrar, ha servido simbólicamente para hablarnos de nuestra necesidad de renovar la conciencia de estar hechos de ese polvo fecundo del cual provenimos; para ritualizar el acto de inclinarnos reverentemente ante la Abundancia de la Vida, lo cual incluye nuestra lúcida conciencia acerca de la desmaterialización de la vida; para hacer penitencia y reparar nuestras faltas de cuidado ante las diversas manifestaciones de la vida. En otras palabras, para vivificar nuestra humildad.
Hoy, miércoles de ceniza, nos volveremos a inclinar ante el Soplo divino y la fecundidad del polvo que nos dio vida, y haremos memoria de que “somos polvo y en polvo nos convertiremos”. Es un ritual que habla de nuestro origen, condición y destino, pero, sobre todo, nos recuerda que la espiritualidad de la humildad, es una potente energía que cuida toda manifestación de vida y nos pone a salvo de la destrucción. ¡Amén!
Ana María Díaz, Ñuñoa, 22 de febrero de 2023
