Ahuyentar el miedo

Lo ocurrido esta semana con el sumergible Titán ha resultado tan asombroso que recuerda las palabras del escritor inglés Aldous Huxley: “El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor, el miedo expulsa también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”. Porque el miedo también puede ser una adicción.

El miedo merece nuestra más profunda reflexión, porque en su horizonte siempre está la amenaza de la muerte, por lo cual, junto con ser una emoción, es una peripecia espiritual, ontológica y trascendente. Y la negación suele ser el mecanismo más recurrente que utilizamos para superar el miedo. Sin embargo, es un mal camino, puesto que nos hace cada vez más vulnerables, nos deja más inermes y nos hunde en el tremedal de la desorganización existencial.

De eso trata el evangelio de este domingo.

Son apenas 8 versículos, en lo que Jesús nos cuenta maravillosas noticias acerca cómo superar fecundamente el miedo. En primer lugar, nos advierte que no hay nada oculto que no llegue a saberse, de modo que no vale la pena intentar ocultar nada por temor, es mejor vivir en la verdad, la transparencia y el reconocimiento de lo que hay: gritar desde las azoteas lo que se nos susurra al oído. La segunda noticia es: no hay que temer a quienes pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Vale decir, la superación fecunda del miedo es una cuestión que se juega en el alma, en el sentido. No se trata de conservar la vida, se trata de para qué y cómo vivir. La tercera noticia es que no estamos solos, ni mucho menos abandonados; nosotros y toda creatura del universo, estamos en las seguras manos de la Vida, del Dios de la vida, decimos los creyentes, cuya dinámica de tutela no es el absurdo, la arbitrariedad ni el sin sentido. Por el contrario, obedece a una lógica de armonía, de vida en abundancia y gratuidad, que por cierto incluye esa desmaterialización de la vida que es la muerte. Dios es “el ser cósmico que nos envuelve y nos completa en la perfección de su Unidad”.

El 23 de mayo de 1991, Viktor Frankl, dio una conferencia en el salón de honor de la Universidad Gabriela Mistral, en Santiago de Chile, en la que contó los orígenes de la corriente terapéutica de la que fue padre. Contó que, como todos, en el campo de concentración, se vio sometido a una degradación tan total, que llegó a experimentar lo que llamó los límites de la existencia desnuda: no tener nada, no poseer nada, ni siquiera el propio cuerpo, ni sueños, ni fantasías, ni expectativas más que la muerte. En ese vaciamiento total, descubrió que podía ser dueño de dos cosas: el amor que sentía hacia su esposa y el recuerdo del amor de ella por él. No sabía nada de ella, ni dónde estaba ni si vivía, pero el amor era real, poderoso, presente y capaz de ponerlo a salvo de dejarse morir, como hacían muchos. También tenía proyectos futuros en caso de sobrevivir: el deseo de profundizar la verdad del alma humana y de consolar a quienes sufren. Entonces concluyó que: “intrínsecamente todo ser humano siempre se está proyectando hacia algo más allá de sí mismo, algo en el mundo exterior o alguien en ese mundo exterior: una persona, un ser amado a quien entregarle su amor. Eso es lo que un ser humano busca básicamente en el mundo exterior. En aquella oportunidad también contó que, en medio de la brutalidad de sus circunstancias, pensaba en el futuro, y se veía sí mismo en el gran salón de una universidad, con alfombras y oyentes sentados en mullidos asientos, dando una conferencia sobre sus descubrimientos en el campo de concentración. Con seguridad, él tuvo esa experiencia muchas veces a lo largo de su vida, pero ese 23 de mayo yo tuve la gracia de estar allí para oír como un hombre notable doblegó fecundamente el terror.

Ven Jesús a susurrarnos al oído, que las poderosas energías de la vida están hechas de ternura, generosidad, compasión y solidaridad; y a animarnos a pregonar desde las azoteas que el amor y la esperanza ahuyentan el miedo. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 25 de junio de 2023

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