Pastor de outsider

En medio de la cultura más planetaria que se haya conocido y de grupos y sociedades híper conectados, seguimos viviendo de vez en cuando la dolorosa experiencia de sentirnos fuera de sitio. Los inmigrantes, las minorías discriminadas, los pobres, los perseguidos por motivos ideológicos, religiosos o políticos, etc., son los más visibles. Sin embargo, es tal vez más triste aún la experiencia de sentirse fuera de lugar en el propio grupo o familia, lugares cuyos vínculos cercanos harían esperable una confortable sensación de arraigo, en lugar del crudo sentimiento de no pertenencia – de distancia y soledad -, que muchas veces padecemos, a causa de incomprensiones e intolerancias. Más penosa aún, es la experiencia de desencuentro consigo mismo, de no estar cómodo dentro de la propia piel, de sentirnos confusos, divididos, angustiados. La cultura actual usa un anglicismo para recoger esta dura experiencia. Ser un “outsider” es una mezcla de desconocido, aislado, periférico, extranjero, independiente o innovador; de vivir fuera del “mainstream” de la sociedad, de las normas o del pensamiento común del grupo.

En el evangelio (Lc. 15,1-32) vemos a Jesús defender su asociación con publicanos y pecadores recurriendo a diversas parábolas, la primera de las cuales es la relación del pastor con su rebaño. Concentrémonos en esta relación.

Dado que las ovejas son la ganadería más antigua, no es extraño que la vulnerabilidad del rebaño haya despertado un eco de identificación con la propia vulnerabilidad y que la protección del pastor, desde muy antiguo, nos haya hablado del cuidado de Dios por sus creaturas. Incluso en las culturas asirio babilónicas adquiere una dimensión cósmica: el pastor del universo guía el sol, la luna y las estrellas, es responsable de los ciclos de luz y oscuridad, y de la vegetación que muere y resucita. El pueblo judío sumó su voz a esta metáfora sagrada, como bellamente canta el salmo 23: “El Señor es mi Pastor, ¿qué me puede faltar?”

Pero, los dinamismos de la cultura nos han llevado hoy a recelar de la imagen simbólica del pastor y de sus derivados, porque tendemos a sospechar de cualquier relación que huela a borreguismo, sumisión, dependencia, infantilismos, así como a autoritarismo, verticalismo, autocracia y dogmatismo.

Jesús no titubeó en usar esta imagen aplicada sí mismo: “yo soy el buen pastor que cuida las ovejas”. Sin embargo, tempranamente en Israel el símbolo se aplicaba, no a autoridades institucionales, sino a quien cuida espiritualmente de su pueblo, cuyo ministerio se refiere a Dios como el único Pastor; cuyo ministerio se refiere a un cuidado ejercido con intuición, sabiduría y un constante ejercicio de vigilancia, el pastor está despierto y ve; sabe qué alimento le conviene a su rebaño y dónde se encuentra; es un observador del cielo, el sol, la luna y las estrellas y puede prever el tiempo. Escucha imperceptible sonidos, reconoce el peligro cuando se acerca y el balido de las ovejas pérdidas.

Jesús es la encarnación excelsa de la imagen espiritual del pastor, como reconocía la muchedumbre que los seguía. Sin embargo, era y es un pastor muy fuera del molde: no le interesa tanto el cuidado del rebaño, como pastorear las ovejas pérdidas, las que no han seguido el carril convencional y se sienten fuera del rebaño. No el hijo cumplidor sino el hijo pródigo, no las nueve monedas guardadas sino la extraviada.

Ante la mirada reprobatoria, hostil y rechazante de los fariseos de hoy, Jesús nos sigue diciendo que le interesa ser el pastor de los incómodos, indóciles, heterodoxos, cuestionadores; que ha venido para que todos los que nos sentimos desterrados, perdidos, desubicados, fuera de lugar, equivocados, culpables, desvalorizados, perseguidos, confundidos o angustiados, descubramos que el Pastor de las estrellas nos quiere cargar en sus hombros, acercar su misericordia, consolar y hacernos sentir que la vida es un hogar seguro para todos y todas.

¡Bendito seas, Jesús, pastor de los rebaños de outsiders!

¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 11 de septiembre 2022

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