Pascua de primavera
Es el hecho de que la tierra se encuentre en una posición inclinada con referencia al plano imaginario con que nos ilumina el sol, lo que explica que el hemisferio boreal y austral sean desigualmente iluminados por el sol, situación que se invierte con el tiempo, provocando las estaciones del año. De modo que salimos del invierno cuando la luz del sol nos ilumina y nos calienta nuevamente.
Sabemos bastante del efecto de la primavera sobre la naturaleza en general, pero sabemos menos de su efecto en nosotros. En la primavera mejora el ánimo ya que la luz solar incide en ciertas actividades del cerebro que tienen que ver con el humor de las personas. La cantidad de luz recibida del exterior influye en la actividad de la serotonina – neurotransmisor que permite la intercomunicación entre neuronas, producida por la glándula hipófisis – de la que dependen nuestros estados de ánimos. A causa de esto nos sentimos con más energía y creatividad; más alegres y bellos. Y no es sólo el ánimo el que mejora, también ampliamos nuestra mente, aumenta la memoria y somos más tolerantes y sociables. En pocas palabras nos sentimos renaciendo.

En el antiguo Israel, así como en todos los pueblos antiguos, en la primavera se celebraba la fiesta religioso espiritual más importante de esos tiempos, porque con la llegada del sol, Dios ponía fin al frío, a la escasez de agua y alimentos, prodigando su bendición a través de las nuevas floraciones, del nacimiento de las crías y el renacer de la alegría de vivir. No pudieron dejar de interpretar la llegada de cada primavera como una reedición de la creación, sintiendo que Dios los depositaba nuevamente en la vida.
Yom HaBikkurim, la fiesta judía que celebra las Primicias, es una de las fiestas más mencionadas en la Biblia, en segundo lugar, después de la Pascua, y aparece tan temprano como en los tiempos de Caín y Abel. La palabra hebrea para primicias significa “una promesa por venir”. En aquellos tiempos, el proceso de juntar las primicias de los granos involucraba esmerados preparativos. Cada familia entre los israelitas tenía que estar atenta a los primeros brotes o granos. Una vez que los encontraban, los designaban como primeros, atándoles un pedazo de hilo rojo alrededor de la rama, vástago o vid. Cuando los granos maduraban y eran cosechados, esas primicias eran llevadas al Templo y presentadas al sumo sacerdote. El sacerdote aceptaba la ofrenda de cada hogar, presentándola al Dios de Israel, en acción de gracias y reconocimiento de su continua provisión y bendición. Una vez que la ofrenda de las primicias había sido hecha, la gente era libre para disfrutar el resto de la cosecha, debido a que lo primero había santificado el resto. Posteriormente, con la esclavitud de Israel y posterior liberación, a través del paso del Mar Rojo, la fiesta de Pesaj llegó a tener una connotación histórico-social y religiosa que se sumaba y superaba al sentido inicial de celebración del renacimiento de la vida.

Hoy como ayer, Dios nos ofrece la posibilidad de renacer, de dejar atrás el invierno, de revivir esas zonas del alma congeladas por el frío, de producir renuevos y percibir hondamente la abundancia de la vida que nos ha sido regalada. Es cosa de vigilar los brotes y atarlos con un hilo rojo, para que no se nos pasen desapercibidos y los podamos agradecer, porque Dios cumple su promesa:
“No recuerden el pasado, no piensen en lo anterior, miren que hago algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan? Abriré un camino en el desierto, ríos en el yermo; me glorificarán las fieras salvajes, chacales y avestruces, porque haré brotar manantiales en el desierto y ríos en el yermo para apagar la sed de mi pueblo” (Is 43, 19- 22)
¡Feliz Pascua de Primavera para todas y todos!
Ana María Díaz, Ñuñoa
