Mirar el miedo de frente
En los países de la región, las investigaciones muestran altísimos niveles de temor en la población debido a una crisis multidimensional. Destacan tres causas principales: la inseguridad y violencia urbana, la inestabilidad económica, inflación y costo de vida, y las secuelas emocionales, sociales y económicas, derivadas de la pandemia. El miedo merece nuestra más profunda reflexión, porque en su horizonte siempre está la amenaza de la muerte, por lo cual, junto con ser una emoción, es un acontecimiento espiritual y trascendente. De eso trata el evangelio de este domingo.
El miedo es una experiencia profundamente humana que compromete a la persona en su totalidad. No es solo una emoción pasajera, sino una respuesta que involucra el cuerpo, la mente, la historia personal y el mundo de los significados y de la fe. También es un lugar de revelación. Allí donde aparece el miedo se hace visible aquello que intentamos proteger: nuestra imagen, nuestras seguridades, nuestros afectos, nuestro futuro, incluso nuestra manera de entender a Dios.
El miedo es una emoción que se manifiesta como inquietud, angustia, preocupación, inseguridad o terror. Su función es advertirnos de que algo requiere atención. Es una emoción necesaria para la supervivencia, pero cuando se vuelve permanente puede impedir el disfrute de la vida y la capacidad de decidir libremente. El miedo también es un respuesta del organismo: se acelera el ritmo cardíaco, la respiración se vuelve más rápida, los músculos se tensan, se liberan hormonas como la adrenalina y el cortisol, el organismo se prepara para luchar, huir o inmovilizarse. Esta reacción es muy útil frente a un peligro real, pero cuando se activa continuamente por amenazas imaginadas o persistentes, puede producir agotamiento, insomnio, problemas digestivos, hipertensión y otras manifestaciones físicas.
El miedo también está condicionado por nuestras experiencias, aprendizajes y creencias. Una persona puede temer el rechazo porque ha vivido abandono, otra puede sentir miedo al fracaso porque aprendió que solo vale si tiene éxito, los pensamientos anticipatorios aumentan la sensación de amenaza. En este nivel, el miedo habla de nuestras heridas, de nuestras expectativas y de la imagen que tenemos de nosotros mismos y del mundo.

La tradición bíblica está atravesada por una invitación constante: «No tengan miedo», no porque el peligro desaparezca, sino porque la presencia de Dios permite habitar la fragilidad con confianza. Desde una perspectiva espiritual madura, el miedo no es un enemigo que deba ser eliminado, sino una puerta que puede conducir a una confianza más profunda. No se trata de negar la vulnerabilidad, sino de descubrir que la vida puede sostenerse incluso cuando no tenemos el control.
Jesús nos dice: “no tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo. Quiere decir que la superación fecunda del miedo es una cuestión que se juega en el alma, en el sentido. No se trata de conservar la vida, se trata de para qué y cómo vivir.
Ven Jesús a susurrarnos al oído, que las poderosas energías de la vida están hechas de ternura, generosidad, compasión y solidaridad; y a animarnos a pregonar desde las azoteas que el amor y la esperanza forjan la derrota del miedo. ¡Amén!
Ana María Díaz, Ñuñoa, 21 de junio de 2026
