Limpiar el corazón

Hay semanas difíciles, en las que recibimos noticias dolorosas, y luego el estado de ánimo alterado y la tristeza complican las cosas y todo sale mal. Acabo de tener una de esas semanas. Todas las situaciones de dolor, por diversas que sean las causas, nos sumen en la indefensión, el sentimiento de haber sido víctimas de una injusticia, de una agresión inmerecida, o un arbitrario fracaso. Fácilmente estos penosos sentimientos nos pueden deprimir, robar la esperanza, volver desconfiados o resentidos, todo lo cual ensucia el corazón.

En el evangelio de hoy Jesús envía a los discípulos a curar, bendecir y anunciar la Buena Noticia, dándoles una serie de recomendaciones prácticas y sabías para abordar la misión. Todas son recomendaciones importantes, pero propongo focalizar la mirada en la última de todas: ¿Qué hacer si la misión no es bien recibida? “Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies…”

En un lugar reseco, con escasez de agua, donde la gente se trasladaba principalmente caminando, el tema del polvo se había convertido en una cultura de rituales y significados. Todo viajero que había visitado tierras extrañas, antes de entrar a la propia ciudad, realizaba un exhaustivo trabajo de sacudirse el polvo de la ropa y el cuerpo, particularmente de los pies, para dejar fuera lo foráneo y no contaminar lo vernáculo.

Cuando nos toca sufrir o algo nos hiere, a veces hondamente, comienza el lento proceso de sanar, proceso que toma su tiempo, porque, como nos recordó Shakespeare: “¿Qué herida se curó sino poco a poco?” Sin embargo, para que nuestras heridas curen bien es necesario acoger la sabía recomendación de Jesús. Es necesario sacudir el polvo del corazón con cuidado.

Limpiar el corazón es una experiencia muy personal, profunda, delicada y compleja, que tiene importantes consecuencias: Aleja la actitud hostil, cínica, depresiva o sarcástica, que se convierten en barrera para establecer relaciones sanas y bondadosas con los demás. Más aún, en la vida laboral, organizacional o social, necesitamos corazones limpios que faciliten el dialogo fecundo, la comunión de ideas, el servicio desinteresado, la colaboración generosa, la mirada en el bien común y la confianza en la vida.

Así como la fuerza de gravedad hace desarrollar músculos y huesos, poniendo peso sobre los hombros, limpiar el corazón hace desarrollar habilidades de encuentro, compresión de la vida, e intuiciones de comunión, poniendo “peso” sobre el alma. Sacudir el polvo fortalece el corazón y lo vuelve más capaz de amar y es el único modo de continuar habitando genuinamente nuestra ciudad natal. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 14 de julio de 2024

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