La índole de la compasión

Los organismos internacionales están de acuerdo que la pobreza, y sus consecuencias derivadas, es el más grave problema de la humanidad de hoy. Sin embargo, la OMS, está crecientemente preocupada por el deterioro de la salud mental. En particular por el alarmante aumento de la soledad en todas las etapas de vida, en particular entre los adultos mayores, a tal punto que se ha declarado que “la epidemia de la soledad es una crisis de salud pública poco reconocida hasta el momento”. La soledad tiene una serie de consecuencias estudiadas en la salud física, pero tiene también consecuencias psicoespirituales como la desorientación de vida, – que se nutre de la comunidad- la falta de esperanza, la perdida de fe, y otras graves consecuencias.

Sabemos que el corazón del mensaje de Jesús es la compasión, aquello de “porque tuve hambre y me diste de comer, estuve desnudo y me vestiste…”. Sin embargo, en el evangelio de hoy, vemos a Jesús manifestar otro tipo de compasión. Dice el evangelio: “Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas”.

Hace varias décadas, Erik Erikson, nos habló de la estrecha relación que existe entre nuestra capacidad de amar la vida – él la llamó ser generativos, renovadores de la vida – y la de convivir sanamente con los demás. Nos dijo que la virtud de la generatividad era la más poderosa fuerza de renovación con que la humanidad podía contar, porque se trata de una energía amorosa que tiende la mano a todo y a todos para desarrollarnos con seguridad, alegría, confianza en la vida y en los demás. Es una energía creadora, terapéutica, pedagógica, constructora de bienestar para todos. Por el contrario, la violencia, el mal trato, la descalificación, la intolerancia, la discriminación, son una alarmante señal de fracaso generativo, de atrofia de la empatía, de resecamiento de las fuentes subterráneas de la ternura y una amenaza de destrucción individual y colectiva. Mirando la situación mundial y local parece urgente escuchar este mensaje.

La compasión es un anuncio que produce contagio, que se expande y propaga. Esto que puede parecer una ingenuidad, hoy se considera un conocimiento comprobado. El profesor de mecánica teórica de la Universidad de Cornell, Steven Strogat, ha publicado un libro en el que explica que la sincronía de armonización creciente aparece en los lugares más inverosímiles del universo: desde las órbitas de los satélites a los electrones, del zumbido de los grillos a la tendencia en mujeres que viven cerca de armonizar sus ciclos reproductivos. La armonización creciente no es sólo posible, es inevitable, afirma. Por esto, dice Benedetti, a diferencia de matar en defensa propia: “cuando se ama en defensa propia, el alma se convierte en un imán,… cuando se ama en defensa propia el azaroso azar cambia de rumbo.”

Hoy, como nunca, necesitamos que Jesús nos recuerde la índole de la compasión, la necesidad de ser discípulos de su causa, la urgencia de empeñarnos por entero en ella, la gracia de creer en la dinámica sincrónica de la compasión, de aprender a amar en defensa propia. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 21 de julio de 2024

 

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