Invitados a una fiesta
Diversas investigaciones que se han realizado en años recientes, en amplias regiones del mundo, y también en zonas más locales, muestran que hay motivos para preocuparse por la fragilidad de la esperanza de los adolescentes y los jóvenes, sin llegar a describirlos como generaciones desesperanzadas. Al mismo tiempo, algo parecido ocurre con los adultos. Si bien los datos no demuestran que somos transmisores de pesimismo, justifican examinar nuestras conversaciones y decisiones prácticas para discernir ¿qué futuro hacemos imaginable?, ¿qué bienes cultivamos con pasión como algo que merece la pena cuidar?, ¿qué caminos fecundos de actuar mediamos para las siguientes generaciones?
Necesitamos reflexionar sobre cómo sostener una esperanza lúcida, capaz de reconocer las dificultades y, al mismo tiempo, ofrecer razones y experiencias para confiar en el valor de la vida y en la posibilidad de un bien compartido. Con este tema nos encontramos de frente en el evangelio de hoy
Este domingo, Jesús nos cuenta la historia de un hombre importante que celebró un gran banquete por las bodas de su hijo, al que sus invitados no quisieron asistir, excusándose con el trabajo, los negocios o las preocupaciones; incluso algunos rechazaron la invitación con violencia homicida. Entonces envió a sus sirvientes a los cruces de caminos a invitar a todos los que encontraran, fueren quienes fueren.

La amorosa invitación de Dios a vivir, se parece a un banquete, nos dice Jesús, usando una gran metáfora, puesto que el banquete es símbolo de comunión, de participación en un sentir común; de compartir alimentos y bebidas para expresar la alegría de vivir y convivir. Todo eso nos remite al banquete de la vida, del cual Dios es el anfitrión, al que todos hemos sido convocados, pero no siempre aceptamos ni honramos debidamente. Frecuentemente por las mismas razones de la historia de Jesús: el trabajo, los negocios, las ocupaciones, las preocupaciones.
El sentido simbólico de la vestimenta señala que nos vestimos no sólo para abrigarnos, sino principalmente para expresar identidad, sintonía con determinados sentimientos, estado espirituales. Estar de fiesta se expresa metafóricamente en vestirse de fiesta, en vivir en sintonía con la fiesta de la vida, es decir manifestar externamente el estado del alma. Se ha dicho que el ser humano es aquel animal que celebra fiestas, como un modo de suspender la normalidad cotidiana, porque la fiesta es la manifestación de alegría, fraternidad, esperanza y gratitud que irrumpe en la vida ordinaria con una fuerza simbólica poderosa. La fiesta es un momento privilegiado, en el que el ser humano recuerda y actualiza su vocación más alta: no la mera subsistencia ni la productividad instrumental, sino la capacidad de reconocer, expresar y custodiar lo que posee un valor intrínseco. En la dinámica del encuentro festivo resuena un eco de trascendencia, una vibración que desborda lo que podemos constatar y apunta hacia una dimensión más honda de la existencia.
Estamos invitados e invitadas, a revisar nuestras excusas para restarse a cultivar la alegría de vivir. La vida tiene momentos difíciles y situaciones dolorosas, pero justo en esos momentos es cuando se nos interroga por nuestra fortaleza, por nuestra esperanza y nuestra confianza en el Dios de la vida. En esos momentos es cuando Jesús no sugiere no quitarnos el traje de fiesta para honrar el don de la vida con gratitud, confianza y esperanza. ¡Amén
Ana María Díaz, Ñuñoa, 11 de octubre, 2026
