Gozar el arcoíris

Dicen que los perros no ven los colores y a causa de eso, desafortunadamente, se pierden el espectáculo del arcoíris cuando para de llover. Ante esto, un personaje de cierta película, se preguntaba cómo se sentiría un perro mutante si fuera el único de su especie capaz de ver el arcoíris.  A diferencia de lo que se pudiera creer, lo más probable es que se sintiera  desolado, excluido y anómalo.

Lo sabemos porque no pocas veces nos toca sentir parecido. Por ejemplo, cuando nuestro modo de pensar y ver la realidad es diferente a la mayoría; cuando nuestra sensibilidad respecto a las instituciones de las que formamos parte nos hace anhelar cosas tan distintas a la generalidad; cuando nuestra opinión acerca de lo que deben ser las autoridades difiere tanto del ser y del hacer de los líderes. En estas circunstancias nos preguntamos, con una mezcla de desaliento y enfado, por qué no podemos ser parte de esa mayoría que encaja bien y se adapta sin fisuras; de esa que disfruta de buena conciencia y goza del prestigio y beneficios de estar cómoda en las posturas oficiales. Seguro que no podríamos se parte del “establishment” sin más, pero tampoco nos hace felices estar siempre en el margen, impopulares, objetos de sospecha, cuando no abiertamente perseguidos

¡El evangelio (Lc. 17,11-19) tiene un mensaje para nosotros y nosotras!

Vemos que diez leprosos son curados por Jesús, pero lo descubren camino a presentarse a los sacerdotes, siguiendo los ritos oficiales en estos casos. Sin embargo, solo uno de ellos vuelve para dar gracias a Jesús y alabar a gritos al Dios de Jesús.   Con asombro algo exasperado, Jesús advierte la ignominiosa ausencia de los otros nueve, y termina doliéndose de que el único con sensibilidad para agradecer, alabar y maravillarse ante el milagro, sea un extranjero, un samaritano.

Este texto es una ilustración más de la vocación que acompaña el oficio de maestro de Jesús y de la dinámica de su mensaje. El anuncio de un Dios misericordioso necesita una sensibilidad particular para ser comprendido en profundidad. En este caso, como en muchos otros episodios del evangelio, vemos que no son “los elegidos” – los de adentro o los destinatarios oficiales del favor divino – los primeros en reaccionar conmovidos y maravillados ante la cercanía de Dios. Y no es extraño que así sea. El mensaje de una ternura, capaz de perdonarnos cuando experimentamos crudos sentimientos de culpa; de hacernos nacer de nuevo cuando estamos en completa bancarrota de capital vital; de llenarnos de confianza en medio de una radical fragilidad; de hacernos sentir en casa en medio de un doloroso exilio, tiene una cinemática propia, posee una dinámica característica, que permite comprenderlo. Para acogerlo de corazón necesitamos haber visitado ese oscuro territorio que está más allá de la esperanza y del consuelo.

Por eso, el corazón de Jesús está con los publicamos y no con los fariseos, con las prostituta y no con los ciudadanos decentes, con las adulteras y no con los escandalizados moralistas, con los hijos pródigos y no con los cumplidores, con los mendigos y no con los opulentos, con las que sangran secretamente, los que lloran, los perseguidos…

En medio de nuestros exilios de diverso tipo, es una portentosa buena noticia saber que precisamente allí surge el talante indispensable para experimentar el rostro misericordioso de Dios. Estamos invitados a salir de esa tierra de sombras que es a ratos no ser parte de los “mainstream” institucionales, para gozar nuestra condición de desterrados, porque ha dejado de ser una maldición.

 ¡Bienaventurados los que se sienten forasteros, advenedizo, marginales, parainstitucionales; los perros mutantes, los sospechados, los sin abolengo ni currículos prestigiosos, porque ellos tendrán la dicha de alabar a Dios a gritos y echarse a los pies de Jesús!

¡Es hora de gozar el arcoíris! ¡Amén!

                                 Ana María Díaz, Ñuñoa

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