Huellas de un fecundo vacío
Este domingo finaliza la cuaresma y se inicia la semana santa. Por eso, hoy se lee el relato completo de la pasión y muerte de Jesús. Este año, leemos los capítulos 26 y 27 de Mateo, relato que comienza con la conspiración de Judas con los sumos sacerdotes para entregar a Jesús – y poner fin a su misión – y finaliza con la conspiración de los sumos sacerdotes con Pilatos – a fin de impedir que sus discípulos rescaten el cuerpo de Jesús, y luego digan que ha resucitado – para poner término a su influencia en el pueblo.
La narración termina con el lúgubre tono de algo que se ha terminado definitivamente, lo que a nosotros nos resulta difícil captar, porque conocemos el resto de la historia, pero sus discípulos y discípulas, vivían esto como un estrepitoso final que los llenaba de incertidumbre, temor y desencanto.

Pese a todo, no nos resulta difícil entender su estado de ánimo. Por estos días tenemos sentimientos muy parecidos. Nos preocupa que la economía internacional esté mostrando inquietantes signos de fragilidad, en un mundo en que las crisis económicas se expanden tan rápido como las epidemias; nos preocupa la reconstitución mundial de la tensión geopolítica, a niveles que no se veían desde la guerra fría; nos preocupa la violencia de la guerra, – de todas las guerras, que son siempre la misma guerra -; nos preocupa la violencia delictiva y sus secuelas de inseguridad, temor y fastidio; nos preocupa la inflación, la cesantía y el hambre que golpea donde siempre.
Ante esto, es preciso mirar ese lado inefable de la vida, tener en cuenta que la vida posee una riqueza que siempre excede el contenido del presente. En el modo en que experimentamos la realidad hay siempre una latencia de algo posible, necesario y efectivo que aún no se hace presente. Esas realidades que esperamos, por las que clamamos, en las que creemos y que, de algún modo, vivimos anticipadamente, son también parte de la realidad. A veces esa latente es algo que apenas podemos reconocer y, sin embargo, representa un indicio que señala vigorosamente en una dirección, cual núcleo indomable de certeza.
Lo que hace sostenible la vida es esa misteriosa energía capaz de percibir rastros de renacimiento, aun cuando sus huellas hayan quedado borradas; capaz de captar en vacío los tenues vestigios del tiempo que nos volverá a instalar en la vida, aunque la evidencia se empeñe en desmentirlos; esa energía capaz de hacernos vivir abiertos y abiertas a una esperanza como única garantía y confirmación de esa latencia por actualizarse. En eso consiste la resurrección.
Que, en este tiempo de hacer memoria de la pasión de Jesús, viviendo nuestra propia pasión, anticipemos su y nuestra resurrección, confiando en la latencia que nos rescata.
¡Una fecunda semana santa para todas y todos!
Ana María Díaz, Ñuñoa, domingo de ramos, 2023
