Derribar los graneros

En la crisis del 2007, Lord Ewen Cameron, director de la agencia para asuntos rurales del gobierno británico, acuñó una frase que ha quedado en el imaginario de los tiempos actuales: «Estamos a nueve comidas del caos». Lo dijo para poner de manifiesto que, si las tiendas no se abastecían en tres días, el respeto a la ley comenzaría a brillar por su ausencia, de forma generalizada. La frase vuelve a cobrar vigencia a medida que aumenta, con el paso de los meses, la alarma mundial de una crisis alimentaria.

Esto, a causa de los impactos del cambio climático, con olas de calor, inundaciones y sequías, en diferentes partes del mundo, especialmente en China e India, a lo que se suma, la crisis económica y de seguridad alimentaria provocada por la pandemia de COVID-19 y la invasión rusa de Ucrania. En muchos lugares del mundo nos preguntamos a cuántas comidas estamos de una crisis a gran escala.


Independiente de variables sociales, económicas, políticas, culturales y otras que influyen en el tema, en el
Evangelio… Jesús llama nuestra atención sobre una dimensión espiritual involucrada en esta crisis,
cuyo impacto no es menor que el de las otras.

A quienes lo escuchaban, Jesús les contó una historia: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se dijo: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Además de contar esta historia, explícitamente comentó: “guárdense de todo tipo de codicia”.

Los seres humanos tenemos muchas necesidades tales como comer, amar, trabajar, tener respeto, vivir con sentido y muchas otras. Son necesidades de distinto ámbito, pero tienen en común que encontrar satisfacción puede ser un asunto complejo, confuso y doloroso. La codicia es un modo disfuncional de satisfacer las necesidades, compensando la insatisfacción mediante la exacerbación del deseo de poseer bienes. Lo grave del asunto es que se busca respuesta en un nivel equivocado, es una solución que no soluciona el verdadero problema y nos apresa en la confusión de creer que tenemos la vida asegurada, cuando en el fondo de corazón sabemos que no es así. Entonces quedamos atrapados en el bucle de querer siempre más, de derribar graneros para construir otros más grandes, en el fetiche de querer tener como un modo de querer ser.

Sin embargo, si bien podemos pensar que todo lo anterior está el horizonte de la historia que contó, a Jesús le interesaba poner el acento en un nivel específico: en la codicia como trastorno espiritual. A lo largo de todo el evangelio, vemos a Jesús manifestar una profunda desconfianza y sospecha sobre la riqueza.

Esto, porque la codicia de riquezas es el modo más peligroso de engañarnos, creyendo que la sed de infinito, el deseo de bien, la necesidad de verdad, de significado y sentido de vida, que son necesidades espirituales, se pueden asegurar mediante la acumulación de riquezas.

Los seres humanos vivimos con gran conciencia de nuestra finitud y de la precariedad de nuestra vida, ello provoca mucha angustia por el intenso sentido de vulnerabilidad con que se tiñe nuestra existencia. De todas las estrategias con que buscamos superar esta angustia, la riqueza es la más peligrosa, porque es la más ilusoria de todas. Para entender su sospecha sobre la riqueza, hay que comprender el valor de la pobreza, como la entendió Jesús, como expresión de redención, ante todo para sí mismo. Es que la pobreza abre la puerta a la posibilidad de poner la confianza en la verdadera fuente de la Vida en abundancia.

En estos tiempos de crisis, en que se agudiza nuestra indigencia existencial, estamos invitados e invitadas por Jesús a derribar y construir granero celestes más amplios. La indigencia del ser humano solo se supera con una total confianza en el Dios de la vida. Ese es el verdadero sentido liberador de una pobreza que nos pone a salvo de la codicia y del miedo a vivir. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa
31 de julio, 2022

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