Cuando oren digan “Padre Nuestro”
Los seres humanos vivimos llenos de preocupaciones, afanándonos por resolver nuestras
múltiples necesidades. Sin embargo, estas preocupaciones se vuelven problemas solo cuando se
produce un quiebre en el sistema, a través del cual se venían solucionando las necesidades,
personales o colectivas. Son momentos intensos en que se ve afectado el modo de entendernos a
nosotros mismos y de vincularnos con las cosas, consecuencia de intentar modos nuevos de
solventar nuestras búsquedas. También son momentos en que nos sentimos inermes, frágiles,
confundidos o confundidas, momentos en que una gran mayoría siente el impulso de orar.
No podemos desconocer que la oración experimentó demoledoras críticas, profundamente
cuestionadoras, especialmente en el período que va desde mitad del siglo XIX y mitad del XX, las
que podemos centrar en las figuras de Freud, Marx y Nietzsche, quienes nos hablaron del riesgo
de hacernos un dios todopoderoso que compense nuestra debilidad, de dirigirnos a un dios que
nos haga negar nuestros dolores, de invocar a un dios en el que descargar nuestros esfuerzos.
Hoy sabemos del peligro de convertir a Dios en el complemento exacto de nuestra necesidad y de
nuestra carencia.

El evangelio (Lucas 11,1-13) nos habla del momento en que sus discípulos le pidieron a Jesús que les
enseñara a orar, y Jesús respondió proponiendo el “Padre nuestro”, como el modo más apropiado
de rezar. Son palabras que consideramos sagradas. Sin embargo, necesitamos, de vez en cuando,
adentrarnos en su espiritualidad para descubrir que, en ellas, encuentran eco las sensibilidades,
significados y sentidos de los hombres y mujeres de hoy.

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Estos primeros versos son una
convocatoria a una espiritualidad de abandono y fraternidad. Nos dirigimos a Dios como el origen
de la fuerza amorosamente creadora que nos hace vivir y nos hermana; a la energía creadora, que
mantiene la vida en toda la tierra y el universo entero. “Si yo no pudiera creer que tu Presencia
real anima, templa, enardece la más insignificante de las energías que me penetran o me rozan
ligeramente… me moriría de frío” (1).
Venga a nosotros Tu Reino, hágase Tu Voluntad, en la tierra como en el Cielo. Es confesión de la
certeza de que la vida y la historia no avanzan arbitrariamente, que más allá de ciclos y procesos,
caminamos hacia y por una armonía que nos convoca: “Tú has puesto en el fondo de esta masa
informe de lo viviente – estoy seguro, porque lo siento – un irresistible y santificante deseo que nos
hace gritar a todos desde el impío al fiel: Señor, haz de nosotros uno solo”(2).
Danos hoy el pan de cada día. El “Padre nuestro” nos invita a pedir todo lo que necesitamos con la
seguridad de ser escuchados. Al mismo tiempo, a confiar en que todo lo que necesitamos nos es
regalado, aunque no sepamos que lo necesitamos. “Tú que amasas lo múltiple para infundirle tu
vida, abate sobre nosotros, te lo ruego, tus manos poderosas, tus manos previsoras, tus manos
omnipresentes, esas manos que no tocan ni aquí ni allí, como haría una mano humana, sino que,
mezcladas a la profundidad y a la universalidad presente y pasada de las cosas, actúan sobre
nosotros simultáneamente a través de todo lo que hay de más basto y de más interior en nosotros
y en torno a nosotros”(3).
Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. La
espiritualidad del Padre nuestro nos invita a renovar nuestra confianza en la milagrosa dinámica
del perdón. Sabemos que el perdón es una experiencia muy personal, profunda, delicada y
compleja. Sin embargo, necesitamos entender el perdón como una declaración de confianza en la
vida, como una elección posible frente a desafíos que sobrepasan las herramientas corrientes con
que contamos. El camino al perdón comienza “cuando acogemos la certeza de que mi
preocupación por el otro no depende de ninguna manera de su preocupación por mí. Porque si
fuera así, se correría el riesgo de que mi preocupación nunca tomara la forma de un gesto o un
acto hacia el otro. De ser así el uno y el otro permanecerían a la expectativa, en una espera estéril.
Lo que hace posible la reconstrucción de la fraternidad, lo que permite la convivencia humana
pacifica es tener la voluntad de salir de la simetría ética, del empate y la cautelosa desconfianza de
ubicarse a una distancia segura. Es absolutamente necesario tener el coraje de despojarse y hacer
el primer gesto. Sin eso no hay humanidad posible” (4).
No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. La espiritualidad del “Padre nuestro” nos
anima a clamar por ser libres de la confusión, el error y todo mal. Y, al mismo tiempo, nos invita a
confiar en el bien invisible que se oculta en la apariencia de lo visible. “Señor, con el fuego
concentrado de todas las acciones interiores y exteriores que, experimentadas menos cerca de Ti,
serían neutras, equivocas u hostiles; pero que, animadas por una Energía, que Tú mismo sostienes,
se convierten, en las profundidades físicas de tu Corazón, en los ángeles de tu victoriosa
operación” (5).

Desde que Jesús nos la enseñó, millones de hombres y mujeres han rezado el “Padre nuestro”, con
diferentes matices de espiritualidad. Hoy sabemos que todo adulto al orar pone en riesgo su
adultez. Pero el adulto orante cree que vale la pena correr ese riesgo. ¡Amén!
Ana María Díaz, Ñuñoa 24 de julio 2022
• Todas las citas son de Himno del Universo de Teilhard de Chardin, salvo la cita 4 que es de
Totalidad e infinito de Levinas
