Clamar en el desierto

El arribo de diciembre siempre nos produce una asombrada resistencia, probablemente debido a que, la llegada del último mes del año, la sentimos una evidencia de nuestra falta de control sobre el paso del tiempo. En contraste, la semana pasada comenzó Adviento, un tiempo litúrgico profundamente asociado a la expectación, a la profética figura de Juan Bautista y al desierto. El desierto, desde el punto de vista simbólico, no es un lugar geográfico, sino una metáfora para hablar de la situación en que nos encontramos. Y si lo pensamos un poco, tenemos motivos para reconocernos en situaciones de desierto, vale decir, en situaciones inhóspitas, estériles y amenazantes para la supervivencia, lo que también algo incide en nuestro sobresalto por la llegada de diciembre.

Actualmente vivimos con tantas preocupaciones personales, exigencias y desafíos, que nos queda escaso tiempo y oportunidad para tomar distancia suficiente o hacer balances oportunos, lo cual nos sume a ratos en una gran confusión existencial. Desde el punto de vista social, vivimos tiempos de tanta crisis en tantos sentidos, pero ninguno con la gravedad y la amenaza que implica el cambio climático, que no es un fenómeno solo ambiental sino de profundas consecuencias económicas y sociales, las que por cierto afectan especialmente a los más empobrecidos. También la agitación de la vida nos aleja de nuestra interioridad, de la reflexión sobre el horizonte al que se encamina nuestra vida, de la meditación sobre las claves invisibles que estructuran la existencia, todo lo cual muchas veces nos hunde en indiferencia y caos espiritual. A ratos, nos da la sensación de estar abandonados en un fárrago sin vuelta.

Sin embargo, la meditación del evangelio (Mt 3, 1-12) nos ofrece una perspectiva distinta. Juan Bautista, quien vivía tiempos tan dramáticos como los nuestros, en lugar de resignarse, se fue al desierto a hacer una proclama capaz de empujar la llegada de tiempos de esperanza. Él era descendiente de una casta sacerdotal, mediadora entre Dios y su pueblo, y había hecho una experiencia personal del desierto, que le había dado un enfoque diferente. Sabía que ese lugar yermo, incapaz de sostener la vida, confuso y amenazante, es justamente el lugar donde la fecundidad, la acogida y la ternura de Dios se hace presente de un modo asombrosamente poderoso; sabía muy bien lo decisivo que era el desierto para ser atrapados por el misterio de lo fundamental. Su mensaje era muy simple: predicaba un bautismo de conversión, con el cual convocaba a un cambio de vida. Con su voz y su estilo de vida exhortaba a su pueblo a abandonar el camino de la confusión, la desesperanza y el caos, para volver a sumergirse en las amnióticas aguas de la vida y emerger como miembros de una comunidad de espera activa. Una comunidad que cree, anuncia, anticipa y proclama el advenimiento de un tiempo nuevo. Era una invitación que podríamos traducir con las palabras de una poeta actual, diciendo: “Eres un caos…aguarda, pronto surgirá de ti un universo”.

En medio del desierto de nuestras preocupaciones, amenazas, confusiones y caos, es una buena noticia estar invitados e invitadas a sumarnos a la experiencia de Juan Bautista; a unir nuestra voz a su clamor, descubriendo con él, que el desierto no es el lugar del abandono. Todo contrario, es el lugar donde Dios nos encuentra. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa

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