Sortear escollos en el camino sinodal

En el camino sinodal que estamos iniciando, como en todo camino o viaje, podemos caer en escollos, trampas o tentaciones, como en el mismo proyecto humano personal y comunitario, que nos desvíen de la ruta y no consigamos llegar al final, al puerto.

Sin ánimo ni de ser original ni exhaustivo, presento algunos.

1º. Creer que en la vida y en la Iglesia podemos caminar solos, sin necesidad de nadie, y vivir la vida como el personaje de Robinson Crusoe, el de la obra de Daniel Defoe. Es imposible desde el punto de vista humano y menos cristiano. Humanamente, nacemos del amor de nuestros padres, y estamos necesitados desde el primer momento de ver la luz, no cómo algunos animales que nacen y ya son autosuficientes. Cristianamente necesitamos de Dios, nuestro Padre, de la Iglesia, nuestra madre, de los demás que son nuestros hermanos. Nadie se salva solo; Dios nos quiere en familia, unidos en la fraternidad que brota de la fe, la esperanza y el amor.

2º. Considerar y querer que nos dirigimos a nosotros mismos en lugar de ser dirigidos por Dios; que somos los que llevamos el timón de nuestra barca… No se trata de negar nuestra libertad, pero vivir en una Iglesia sinodal, trabajar y participar en este proyecto de comunión, participación y misión, es estar abiertos ser dirigidos por el Espíritu Santo; Él sopla y guía nuestra pequeña barca; a nosotros nos toca colaborar, estar a su servicio, desplegando velas, remando; nos toca ser dóciles y secundar sus iniciativas; los primeros cristianos, ante las dificultades, como en la Asamblea de Jerusalén, después de dialogar y orar, decían: «el Espíritu Santo y nosotros…» (Hech 15, 28); San Pablo tenía sus planes de anunciar el Evangelio en Asia y Bitinia, pero el Espíritu se lo impidió y se encaminó a Macedonia (Hech 16, 4-40).

3º. La tentación de centrarnos en nosotros mismos y nuestras preocupaciones y necesidades inmediatas. Las tenemos, es verdad, y Dios las conoce, pero no podemos quedarnos como en las novelas de D. Camilo, de Giovanni Guareschi. El mundo es más grande, nuestros problemas, comparados con los de otros, no son tan importantes. Debemos saber mirar más allá, ampliar horizontes, mirar a las periferias geográficas, humanas, cristianas, etc.

4º. Considerar sólo los problemas. Que los hay, no hay por qué negarlos ni edulcorarlos creyendo que “to el mundo es bueno”. Existe el mal, hay dinamismos males en la sociedad y en la Iglesia, pero no únicamente eso. Hay personas buenas, es más, en el fondo de toda persona hay algo bueno, lo contrario sería negar la obra creadora de Dios (Gen 1), e, incluso, del mal y de los errores podemos aprender y sacar bien. Decía san Pablo: «Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rom 8, 28). Y san Agustín comentará: «¿También el pecado?» Y dirá que sí, porque del pecado podemos aprender humildad, a comprender a los otros, y acercarnos a la misericordia de Dios. Dios sigue actuando en el corazón del mundo, de las personas de la sociedad, negarlo sería negar a Dios, ser necios.

5º. La tentación de quedarnos en las estructuras. Tenemos que renovar las estructuras de la Iglesia diocesana, nacional y universal, también de la sociedad, de tal manera que fomenten la comunión, la participación y la misión; pero no podemos quedarnos ahí. Está la renovación personal, la conversión, sin ella estaremos dando palos de ciego. San Pablo VI nos lo recordaba cuando decía que: «No hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos con la novedad del Bautismo y de la vida según el Evangelio. La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior, y si hubiera que resumirlo en una palabra, lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando con la sola fuerza divina del mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos» (EN 18).

Tenemos que ser sal, luz, levadura y la ciudad alta de la que habla el Evangelio, (Mt 5, 13-16) en el mundo en que vivimos y trabajamos. Por eso tenemos que abrirnos a otras personas con las que convivimos, vecinos, familiares, hombres y mujeres de los campos de la economía, la política, la cultura, el deporte, las artes, los medios de comunicación social, las iniciativas sociales y reflexionar, sobre todo, los problemas de la vida, la casa común, la ecología, la paz, etc.

Otros escollos que se pueden presentar…

1º. Perder de vista los objetivos de la consulta sinodal. Puede suceder, ojalá no, que a medida que avanzamos en el proceso diocesano de la consulta sinodal, embarcados en las discusiones, por otra parte normales, olvidemos que Dios nos llama a caminar juntos. Eso es lo importante., Ningún proceso ni ningún sínodo va a solucionar los problemas, expectativas y preocupaciones que tenemos. La sinodalidad más que otra cosa es una actitud y un enfoque de la vida que supone caminar juntos buscando la voluntad de Dios y movidos por su Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, no por otros espíritus, para ir avanzando en comunión entre nosotros, con otras confesiones cristianas y con otras sensibilidades y tradiciones religiosas.

2º. No caer en la tentación del conflicto y la división. Jesús, en la Última Cena, pidió a su Padre: «¡Que todos sean uno como nosotros… que todos sean uno como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado!» (Jn 17, 11 y 21). Es el Espíritu Santo, el artífice de la unidad, el que nos lleva a vivir en unidad y comunión con el Padre y su Hijo Jesús, y entre nosotros. Las semillas de división no vienen de Dios ni las ha sembrado Jesús, el sembrador, sino del diablo, que significa propiamente en griego “el que divide”, como símbolo es lo que une. Procurar no caer en la división nos debe llevar a no tratar de imponer nuestras ideas a los demás, como si la verdad fuera nuestra exclusivamente, cuando la verdad, como pensaba San Agustín, un eterno buscador de la misma, la verdad no es ni tuya ni mía; vayamos juntos a buscarla para que nos posea a todos. Y el camino no es presionar con diversos métodos, a los demás, ni imponernos por las voces, ni desacreditar a los demás, sino como nos propone san Pablo: «Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por humildad a los demás superiores a vosotros: No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos de Cristo Jesús» (Fil 2, 1-11). En otro lugar dirá: «Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, de bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta» (Col 3, 12-14).

. Tratar el Sínodo como si fuera un parlamento, o una reunión de vecinos de una misma escalera, como si se tratara de defender ideas o estrategias políticas para ganar a la otra parte. No se trata de ganarse enemigos ni favorecer conflictos que enfrentan y lleven a mirar con malos ojos, no saludar, o guardar resentimiento, y mirar al otro como un adversario o enemigo a vencer o eliminar de nuestro afecto.

4º. La tentación de escuchar a los que ya participan en las actividades de la Iglesia, de la parroquia, comenzando por los sacerdotes, los miembros de vida consagrada y los laicos más comprometidos en catequesis, en grupos o movimientos de todo tipo. No. Se trata de oír a todos, escuchar a todos, también a los pequeños. No se trata de a ver quién sabe más, quién habla mejor o expone las cosas con más claridad, sino de escuchar al Espíritu Santo que habla donde quiere, sopla donde quiere, incluso por el que es considerado como iletrado y torpe. Por descontado, los sacerdotes, miembros de vida consagrada, y laicos más comprometidos no podemos caer en esta tentación de capitalizar todo; aunque algunos digan, por comodidad: «lo que usted diga, que sabe más y ha estudiado», no debemos caer en este abuso. El papel de los sacerdotes, que debemos ser servidores y animadores de la comunidad, miembros de vida consagrada y laicos, es posibilitar que se oiga a todos, particularmente al pueblo de Dios silencioso, pero que tiene olfato para las cosas de Dios.

5º. Considerar que la Iglesia y su marcha es cosa nuestra, cuando la Iglesia es de Dios. Debemos, con la oración, no olvidarnos de que somos y debemos ser trabajadores en la viña de su Reino.

Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

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