Un abrazo de origen y destino

Seguimos siendo testigos del extraordinario aumento de la violencia en nuestras realidades locales y en el mundo. A las guerras que son verdaderos genocidios, se suma una delincuencia cada vez más violenta, mucha violencia política, intrafamiliar, en el deporte, etc. Pero, lo verdaderamente preocupante, es la extensión y naturalización de la hostilidad en la sociedad actual. Se ha generalizado el uso de la violencia verbal o de hecho, como modo de abordar los desacuerdos del tipo que sean. Hay causas que explican este fenómeno y se escribe bastante sobre ello. En cambio, se escribe mucho menos sobre propuestas para transformar la situación.

El evangelio de hoy nos narra la historia de las 10 doncellas que velan la llegada del novio. Un texto que ha sido por largo tiempo materia de controversia entre especialista por decidir si es una parábola o una alegoría, como si los textos simbólicos no recogieran la realidad o los textos realista no fueran profundamente simbólicos. Con todo, se trata de un relato que habla de ritos nupciales en tiempos de Jesús, en que la celebración de una boda se iniciaba por separado en la casa de la novia y del novio y duraban varios días. En la noche de alguno de esos días, cuando lo decidía el padre del novio, éste se dirigía con sus amigos a la casa de la novia – en una procesión que recogía por el camino a todos lo que se iban cruzando – para celebrar el rito de la boda. Un grupo de doncellas de la familia velaba en la entrada a la espera del novio para prevenir su llegada y anunciarlo a la casa.

Con frecuencia, este relato ha sido objeto de una lectura ascética y moralizante, que lo ha despojado de su mensaje más gozoso. En lo central, el relato nos dice que el reino de Dios consiste en honrar la vida, manteniendo la lámpara encendida. Se trataba de lámparas hechas con arcilla dentro de las cuales ardía el aceite que ilumina. Si recordamos que el aceite simboliza el espíritu divino, al igual que el soplo de aliento y el fuego, es imposible no volver la mirada al relato de la creación, y reconocer en el texto el llamado a mantener vivo el abrazo del origen.

El maravilloso relato simbólico de la creación contiene significativos matices que enriquecen la mirada sobre nosotros mismos. El relato bíblico dice que Dios tomó barro y modeló una figura humana. Barro que es resultado de la mezcla de tierra y agua, dos elementos de la geosfera, primer nivel de estructuración de la vida; mezcla de tierra, elemento receptivo y matricial, y agua, elemento dinámico y transformador. Ese barro original es la materia primordial y fecunda de la cual proviene toda la vida. De ese barro fecundo y vital provenimos todos como humanidad y hoy estamos muy necesitados de recordar este matiz del relato bíblico de la creación. Sin embargo, aunque anclados en la biosfera como toda vida, el relato a continuación nos cuenta que Dios sopló su aliento sobre la figura de barro y le dio vida a su imagen y semejanza. El aliento es el signo material de la respiración, señal de la vida que nos habita. El relato nos dice que la vida que nos habita no es un vigor básico, sujeto a las estatistas leyes de la vitalidad. El aliento divino constituye el despliegue de la imaginación que dio origen, más allá de la biosfera vegetal y animal, a una esfera de reflexión, conciencia, libertad, innovación ética y espiritualidad. Somos tan parte de la biosfera como de la noosfera. Somos un abrazo original de materia, vida y conciencia; de barro, vitalidad y espíritu divino.

La sabiduría está en hacer un reverente cuidado del barro fecundo y del fuego que nos llena de luz. Con todo, siempre corremos el riesgo de ser frívolos, descuidados y necios dejando que se enfríe el abrazo y se apague la luz que habita su interior. Nada puede ser más doloroso que ponerse en el escenario de que Dios nos mire y nos diga: no te conozco, no te reconozco como mi creación, como lo que soñé para ti. Sería como quedar definitivamente fuera de la fiesta de esponsales con la vida. Sin embargo, ese maravilloso momento en que el aceite ungió al barro, y lo marco como algo extraordinario y sagrado, se prolonga como una invitación siempre abierta para todos.

Nos sentimos profundamente convocadas y convocados a seguir cuidando la prolongación personal y colectiva, natural y social, vital y espiritual del abrazo original para transformarlo en un abrazo de destino en todos sus niveles y aspectos. Celebramos, maravillados y agradecidos, reconocernos una delicada e intensa manifestación del abrazo de origen. Y anhelamos, adoloridos y esperanzados, que arribe el momento en que podamos celebrar también ser un abrazo de destino, una exquisita encarnación del fuego divino, eternamente enamorado del barro.

¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 12 de noviembre 2023

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