Tener lo que hace falta

Hacerse cargo de la propia vida no es un asunto sencillo. A diferencia de los demás entes con que compartimos el cosmos, los humanos no podemos vivir simplemente dejándonos llevar por la vida, porque no nos sentimos realizados sin participar hondamente de los acontecimientos de nuestra vida. Necesitamos que nuestra vida tenga auto dirección, sentido, propósito y que todo ello sea llevado adelante como una decisión personal en la que se vea involucrado el conjunto de quienes somos. Esto incluye acoger el aporte de la pertenencia social y la identidad cultural con la criba de una conciencia crítica.

Sin embargo, se suele entender al ser humano como una conjugación de herencia genética y modelamiento del medio ambiente. Nos vemos como depositarios arbitrarios de una herencia cromosómica que nos determina, a la que se agrega los acontecimientos, principalmente de la infancia, fruto de lo que nuestros padres hicieron o dejaron de hacer, de traumas personales y accidentes sociales. Con esta restringida mirada, nos comprendemos como “resultado de”, y así nuestra biografía personal pasa a entenderse como “la historia de una víctima”, apenas una probabilidad estadística aleatoria.

A esto se refiere Jesús en el evangelio (Lc.14, 25-33). Al ver que mucha gente lo seguía, se le despertaron las sospechas que provoca la masa, y les hizo un cuestionamiento radical, buscando que se preguntaran si tenían lo que hace falta para ser sus discípulos o discípulas; para que todos y todas sondearan su interior, interpelándose sobre las implicancias de ser un seguidor o seguidora de la Vida en Abundancia prometida por él. Tal vez lo más duro de su discurso fueran estas palabras: “Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío”.

Hay que reconocer que sus palabras nos dejan con la boca abierta. Para una gran mayoría, la familia es la principal fuente de felicidad; de seguridad, fortaleza y consuelo. Sin embargo, también es cierto que, a través de la familia, recibimos el impacto más intenso de la socialización cultural que, entre muchas cosas valiosas, también provee pautas comunes al relato que hacemos de nuestra vida, al modo en nos entendemos y a los objetivos que perseguido al vivir. El relato biográfico que solemos hacer, recoge lo común, esperable y modelado, con una estructura narrativa que frecuentemente nos asimila y nos convierte en un producto en serie. En cambio, si lo pensamos cuidadosamente, nos damos cuenta que nuestra vida está plagada de momentos de epifanía esencial, momentos que han hecho y hacen aflorar nuestra singularidad más original. Sin embargo, la narración biográfica estándar, arranca esos momentos del relato y los relega a rincones olvidados, a pesar de lo clave que han sido en la epopeya de nuestra vida.

Cuando Jesús nos dice que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, entre otras cosas, nos propone descubrir estructuras de ordenamiento y lenguajes narrativos, que en lugar de “desnarrar” nuestra vida, pongan de manifiestos nuestra singularidad, hagan aflorar esos momentos que nos han hecho coincidir con quien somos, y de ese modo, ser más fieles a nosotros mismos, y honrar mejor el amoroso cuidado con que la ternura de Dios nos instala en la vida. Necesitamos descubrir que el seguimiento a Jesús es una convocatoria a desplegar el regalo de la vida, y que esta no se va ensuciando, deteriorando, empobreciendo o llenando de traumas a medida que la vamos viviendo. Por el contrario, nos ofrece la posibilidad de hacernos resilientes, positivos, valientes, capaces de desplegar recursos alternativos, de ser honestos respecto a nosotros mismo, comprometidos con la vida, generativos, solidarios, abiertos y sabios. Pero hay que hacer una opción acerca de cómo contarnos y de cómo enseñar a otros a contarse. Es cuestión de contemplar cómo Jesús enseñaba a la gente a cambiar el relato con que se narraban, teniendo la valentía de dejar atrás los aprendizajes unilaterales, limitantes y cerrados.

Ser discípulo o discípula de Jesús nos regala una manera totalmente nueva de interpretar nuestra biografía, no tanto bajo el prisma de causas y efectos como de llamamientos; no tanto desde el punto de vista de las influencias recibidas como de las revelaciones manifestadas; no tanto desde el punto de vista de realización de aspiraciones, cuanto de un poderoso llamado que nos hace su oferta de Vida en Abundancia. Es cuestión de sentirse invitado o invitada a tener que lo que hace falta. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 04 de septiembre 2022

 

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