Resonancias de la eternidad

Las palabras centrales del evangelio de hoy, nos dicen: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.” Con el paso del tiempo, nuestra experiencia creyente ha tenido una transformación importante, la que podemos describir como una evolución de lo intemporal a lo histórico, de lo individual a lo social, de lo moral a lo espiritual. En este camino hay muchos aspectos de nuestra fe que han tenido una luminosa expansión en nuestra conciencia, en cambio otros, se han ido empolvando y desdibujando hasta resultar incomprensibles para la cultura de hoy. De modo que, si no intentamos hacer una lectura renovada de lo que entendemos por eternidad, corremos el riesgo de que se nos escape la buena noticia del evangelio de hoy.

Un aspecto que nos ha ido quedando claro es que, hasta ahora, arbitrariamente, hemos pensado en la plenitud, la vida eterna y los mejores tiempos, proyectando todo ello longitudinalmente hacia adelante, al futuro. Sin embargo, en los tiempos actuales, surge con mucha fuerza la tendencia cultural y existencial a reconocer el presente como el tiempo del apogeo y la total realización. Mucha gente rechaza esta mirada, catalogándola de presentismo, inmediatismo, superficialidad y hedonismo. Pero, lentamente vamos aprendiendo a reconocer que el presente inmediato en que vivimos, es la dimensión visible, inmanente y cronológica, de otra dimensión invisible, trascendente y espiritual. La comprensión de la plenitud se va desmarcando del eje longitudinal que apunta al futuro, y se va mudando al eje transversal de la vida, como una realidad subyacente que contiene, exalta y colma toda la realidad inmediata.

Hemos evolucionado desde una comprensión de la eternidad como atemporalidad, como lo otro del tiempo, y negación de su continuidad, para comprenderla como eternidad en el tiempo. Como la experiencia en que se conjugan como plenitud, todas las dimensiones del tiempo; momentos en que el presente que vivimos, que es nuestra única realidad, condensa todo nuestro pasado y todo nuestro futuro; momentos en que no experimentamos nuestra vida en dimensiones durativas si no de pináculo. Todos hemos tenido momentos así, que expresan la eternidad en el tiempo. Sin embargo, también experimentamos intensamente la resonancia de la eternidad en el modo en que nuestra alma responder a los llamados de del infinito, a través de la esperanza, de nuestra espontánea disposición a tener expectativas contra fácticas cuando la realidad nos amenaza.

No sin asombro descubrimos que esta mirada no es nueva, muchos cientos de años atrás surgió el símbolo llamado mandorla para reflejar la realidad en que vivimos en verdad. Mandorla es ese espacio oval, como una almendra, que se produce de sobreponer dos círculos se encuentran y comparten un espacio. El círculo de la realidad celeste y el círculo de la realidad terrestre. En ese cruce vivimos todos.

La promesa de vivir para siempre, nos recuerda agudamente aquello de: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia”. Jesús nos extiende una inspiradora invitación a experimentar la vida, como ese lugar en que percibimos las huellas de la ternura de Dios, escondida en los pliegues del presente, y en nuestro indeleble anhelo de ver un amanecer que nunca llegue al ocaso. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 31 de mayo de 2026

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