¿Quién dice el algoritmo que soy Yo?
En la era digital en que vivimos hay diversos temas que se problematizan. Uno de ellos es el de la identidad personal, asociada a la pregunta sobre el espacio de libertad con que contamos para poder ser genuinamente. Nos conflictúa ser un algoritmo, un yo múltiple, sin un centro estable, apenas un reflejo de una construcción ajena, fruto de rastros digitales que flotan en la red.

Del tema de la identidad habla el evangelio de este domingo. Se trata del relato de ese diálogo crucial que tuvo Jesús con sus discípulos, en la ciudad de Cesárea de Filipo, una ciudad ubicada a 45 km al norte de Galilea, al pie del monte Hermón. Formaba parte de la tetrarquía gobernada por Herodes Filipo, hijo de Herodes el Grande. Era una zona fuertemente influenciada por la cultura grecorromana y el paganismo, muy distinta a las zonas judías tradicionales de Galilea o Judea. Allí había templos dedicados al emperador y grutas de culto a dioses grecorromanos, especialmente a Pan.
A este lugar tan ajeno cultural y espiritualmente llegó Jesús con sus discípulos, donde les preguntó ¿Quién dice la gente que soy? La gente que lo había oído predicar, sanar enfermos y hacer milagros, lo consideraba un profeta a la altura de los grande profetas de Israel. Entonces Jesús los interpela directamente a ellos: ¿Y ustedes quién dicen que soy yo? Hasta ese momento, los estudiosos consideran que Jesús llevaba dos años y medio a tres años de misión y de una relación muy cercana con los discípulos de su círculo más íntimo, los que estaban allí con él.
En ese lugar ajeno a su ambiente normal, en medio de una cultura diferente a la suya, en una realidad religioso espiritual distinta, Jesús recibe una respuesta acera de su identidad que reveló una maduración espiritual sorprendente. Pedro puso voz al pensamiento de todos los que estaba allí diciendo: “Tú eres el mesías, el hijo del Dios vivo”. Esa repuesta fue celebrada por Jesús diciendo “eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” Es decir, no es algo que haya sido fruto de la lógica deductiva, de una captación de la inteligencia ni de ninguna capacidad humana. Es fruto de la inspiración divina que nos revela en el corazón las verdades más profundas de la vida.
Esa respuesta provocó un cambio radical en la práctica de enseñanza de Jesús. Se concentró en sus discípulos y los preparó para los acontecimientos que se produjeron apenas seis meses después.
Del mismo modo que Dios revela la identidad de Jesús, también revela la nuestra. Es el soplo que nos instala en la vida, nos hace ser quienes somos, nos inspira en lo que somos y nos alienta a acoger el llamado a tener vida en abundancia. No somos un perfil en una pantalla ni el resultado de una fórmula matemática. Nuestra historia cambia cada vez que tomamos decisiones conscientes. La esencia humana habita en el misterio que ningún sistema puede calcular.
Por eso, tomarse el tiempo de elegir sin prisa es un acto de resistencia contra la velocidad impuesta; decidir dónde poner la atención es un ejercicio que expresa nuestra máxima soberanía; aceptar que el azar y el error nos pertenecen, es reconocer que en ellos vive nuestra libertad. Porque seguir un camino original, desviarse de lo esperable, y el que nadie pueda decir en qué consiste tu trabajo, de un modo comprensible para los demás, son la prueba más clara de que estás vivo y eres libre.
Bendito seas Jesús, hijo del Dios vivo, por animarnos a vivir de la verdad más profunda que nos habita; a hacernos cargo de lo universalmente humano, manifestándolo, actualizándolo y realizándolo en la vida personal; a descubrir que la fidelidad a sí mismo es la más alta audacia que se puede ejercer en la vida, porque representa la afirmación absoluta de nuestra existencia individual, en la triunfante acogida de lo universalmente dado, con la libertad de la propia decisión, a reconocer que esto no se logra sino haciéndonos responsable de la propia existencia, que incluye ser-con y ser-para los demás, porque nada de lo que existe se hace accesible para nosotros sino siempre por y a través de un determinado proyecto de mundo. ¡Amén!
Ana María Díaz, Ñuñoa, 23 de agosto de 2026
