La sabiduría de la fidelidad

Con mucha frecuencia observamos que el ejercicio del poder, en distintos niveles, muestra signos muy claros del trastorno que desde Nietzsche llamamos deseo de poder. Lo propio del deseo de poder es su independencia de metas, justificaciones, sentidos, búsquedas. El poder se convierte en una justificación en sí mismo, no una mediación para lograr objetivos, el objetivo es la dominación en sí misma. Las personas poderosas y los regímenes dictatoriales se autoengañan y engañan a su gente, dando explicaciones supuestamente razonables sobre la necesidad de cierto uso severo de poder para alcanzar un bien superior. Sin embargo, el poder sin contrapeso nunca detiene su dinámica creciente, nunca es suficiente, nunca su crueldad parece demasiada. Es por eso por lo que el poder es una de las experiencias humanas, personales o sociales, más peligrosa que existen, sin ser la única. Acerca de este tema trata el evangelio de este domingo.

En el evangelio de este domingo nos cuenta el momento en que Jesús, antes de iniciar su misión, se retira al desierto a meditar, hacer silencio y purificar el corazón, para preparar su ministerio, profundizando en su sentido, reconociendo sus riesgos, examinando sus requisitos de coherencia. En ese momento aparecen claramente a su conciencia, como seguramente también en otros momentos, las tentaciones que supone una misión como la suya. Las tentaciones que padecen todos los hombres y mujeres que tienen delante de sí una gran tarea, cuando esta implica poder, influir sobre otros, tomar grandes decisiones, etc.

La primera tentación es la de usar el poder, consciente o inconscientemente, para satisfacer las necesidades personales, materiales o psicoespirituales, poniéndose a sí mismo por encima de su misión. La segunda, es dejarse llevar por el orgullo, vanidad y falsa omnipotencia de creer, y hacer creer los demás, que se tienen las mejores ideas, la claridad intelectual y la idoneidad, de tal modo que no son necesarios los procesos, los aprendizajes, la paciencia, porque es exclusivamente la persona del líder, su inspiración, sus ideas, su talento y sus capacidades, el origen y la garantía del buen trabajo a realizar, con lo cual se suele acabar abandonándose a la obsesiva búsqueda de popularidad, para tapar sus debilidades. La tercera tentación es entregarse a idolatría del poder y del dinero. Esta es una tentación muy frecuente, siempre lo ha sido. Sin embargo, la magnitud de la corrupción, del manejo oscuro del dinero, de favorecer a los amigos, correligionarios etc., parece cada vez más extendida hoy, y defendida sin pudor alguno.

En la mirada de Jesús, la superación de las tentaciones del poder no consiste en oponer una voluntarista resistencia, ni practicar un ascetismo mortificante. Consiste en desarrollar una sabiduría de proceso, de hacer camino, de volcar toda la fuerza del corazón a mantener fidelidad a la misión. Es la sabiduría que nace de dedicarse a la tarea con entusiasmo, de consagrarse con pasión, sin renuncias ante las dificultades. Por el contrario, confiando en el amparo fecundo del cielo y la inspiración del Espíritu.

Nos seguimos sintiendo convocados y convocadas por la conmovedora sabiduría de la fidelidad de Jesús. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 09 de marzo de 2025

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