La paz en Francisco de Asís

Francisco no adora al Dios-Señor-Feudal. Dios envía a Jesús a defender a los inermes, no es el guerrero que erradica a los malos, es paciencia, esperanza, y su gloria es la benignidad y abundancia de su misericordia.

El Dios de Francisco se define como el bien, todo bien, sumo bien, y es amor, caridad; sabiduría, humildad, paciencia, hermosura, mansedumbre; seguridad, quietud, gozo, esperanza y alegría, justicia, templanza, riqueza que sacia todos los deseos del hombre, piadoso, manso, suave y dulce… (Alabanzas al Dios Altísimo)

El Jesús concreto e histórico que nace del evangelio le revela la humildad y la benignidad de un Dios que abomina la guerra.


La Eucaristía es pura presencia amorosa, alegre y sufriente y solidaria hasta las últimas consecuencias. La Eucaristía es el espíritu de la anticruzada. La antítesis (la tesis contraria) del matar por la fe; es el respeto por el proceso ajeno y por el error de los demás; es el amante que sabe crecer con el ritmo del amado, acción de gracias por todo el crecimiento del ser querido, y entrega total de la propia vida, sin reservarse nada, hasta la última capacidad de sufrimiento solidario, para dar la vida por objeto del amor.


La cruzada es impensable para el adorador del Dios de Jesús que se mantiene vivo en la eucaristía y en los evangelios.

El lobo de Gubbio

 No podemos obviar el relato del pacto de paz que Francisco establece entre la ciudad de Gubbio y un lobo feroz. Las Florecillas nos presentan a una ciudad aterrorizada ante las amenazas de un grandísimo lobo, terrible y feroz.


Francisco no teme al lobo, no siente su agresión, está seguro porque no pone su confianza en las armas sino en Dios. Armado con la señal de la cruz y llamándolo hermano, pacifica al lobo feroz. El hermano lobo entra a la ciudad sin temor alguno para concluir la paz en el nombre de Dios. El lobo siguió viviendo mansamente en la ciudad hasta su muerte.


Francisco de Asís conoce la ciudad porque poseyó el esquema mental burgués, adhirió a la ideología dominante, pensó y actuó según la ciudad. Pero también conoce el bosque: salió del siglo y se fue al margen del sistema. Sabe que el bosque no es caos, sino otro sistema, es un orden alternativo, no un desorden. Sale en busca del lobo, no se queda dentro de los muros, y sale sin armas, ni perros, ni defensas, sin miedos, ni prejuicios, habla el lenguaje del otro, en la guarida del enemigo. Francisco desdemoniza el lobo y la ciudad con la palabra hermano: el lobo no es sino un pequeño animal que tiene sus razones para matar. Tanto el lobo como la ciudad son tanto pecadores como buenos.

 La paz franciscana, diría evangélica, pasa por construir otra imagen de Dios, por revisar el tema de la propiedad, por transformar radicalmente el manejo del dinero, por negar la vía armada y el uso de la fuerza como remedio de los males de la sociedad, por afirmar incondicionalmente la vía del diálogo con el distinto como único camino posible para un mundo seguro y en paz.


La propuesta franciscana desdemoniza al enemigo con el signo pacificador de la Cruz de Cristo desnudo.

(extracto de un artículo de Fray Jerónimo Bórmida, abril 2013)

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