Historia del primer centenario y cómo vivirlo como Familia Franciscana
Navidad en Greccio 2023
El pesebre que preparó el día de Navidad (1 Cel 84-87)

La suprema aspiración de Francisco, su más vivo deseo y su más elevado propósito, era observar en todo y siempre el santo Evangelio (26) y seguir la doctrina de nuestro Señor Jesucristo y sus pasos con suma atención, con todo cuidado, con todo el anhelo de su mente, con todo el fervor de su corazón. En asidua meditación recordaba sus palabras y con agudísima consideración repasaba sus obras. Tenía tan presente en su memoria la humildad de la encarnación y la caridad de la pasión, que difícilmente quería pensar en otra cosa.
Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es lo que hizo tres años antes de su gloriosa muerte, cerca de Greccio, el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable (27), despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos (28) lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.
Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre (29) y el sacerdote goza de singular consolación.
El santo de Dios viste los ornamentos de diácono (30), pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio. Su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice «el Niño de Bethleem», y, pronunciando «Bethleem» como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le llamaba «niño de Bethleem» o «Jesús», se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras.
Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso (31) tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido (32), puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.
Se conserva el heno colocado sobre el pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su medio se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de la región circunvecina que sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno, curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos largos y dolorosos, colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo acaece con personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de diversos males.
El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor (33): en honor del beatísimo padre Francisco se construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén. Aleluya. Aleluya.

¿Cómo vivirlo?
1- Nuestro ser en Cristo
“Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16).
Objetivo : Renovar nuestra vida de fe para que se haga más encarnada y concreta.
Comportamiento
- Recuperar la conciencia de que la vida cotidiana, con sus alegrías y dificultades, es un lugar privilegiado de encuentro con el Señor.
- Dar la debida importancia a la vida litúrgica y sacramental, para progresar en la vida de fe.
- Revisa la forma en que celebramos la Navidad y otras fiestas litúrgicas para ver si reflejan la sencillez, la pobreza y la humildad deseada por Francisco de Asís.
2-Nuestro ser hermanos y hermanas
“Considera, oh hombre, en qué sublime condición te ha puesto el Señor Dios, creándote y formándote a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a semejanza de él según el espíritu” (Admonición V, 1 , FF 153).
Objetivo : Recuperar una mirada integral, libre de divisiones y dicotomías, sobre el ser humano y sobre su reciprocidad constitutiva hombre-mujer.
Comportamiento
- Procurar que las propuestas formativas de nuestras fraternidades favorezcan la realización de procesos de formación integral, desde el punto de vista humano, espiritual e interpersonal.
- Promover iniciativas concretas que contribuyan a superar cualquier forma de oposición entre hombres y mujeres, laicos y sacerdotes o consagrados.
3- Nuestro ser en comunión
«Salve, Señora, Reina santa, Madre santa de Dios, María, que eres virgen hecha Iglesia» (Salutación a la Santísima Virgen María 1, FF 259).
Objetivo : Vivir minoritariamente nuestra pertenencia eclesial.
Comportamiento
- Verificar si nuestro servicio pastoral en las comunidades eclesiales refleja la dimensión maternal de la Iglesia y se caracteriza por la humildad y la pobreza, que se revelan en la Encarnación y en la Eucaristía.
- Revisar nuestra manera de celebrar la Eucaristía, para que se viva auténticamente como fuente y cumbre de la vida cristiana y fuente de comunión y fraternidad.
- Llevar la cercanía materna de la Iglesia a nuestros hermanos y hermanas que se encuentran en las periferias existenciales de nuestras comunidades eclesiales.
4- Nuestro ser en el mundo
«Dios dijo: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza'» (Gn 1, 26).
Objetivo : Amar y servir a todo ser humano, promoviendo su dignidad de criatura, hecha a imagen y semejanza de Dios.
Comportamiento
- Crear espacios de reflexión y debate a favor de la dignidad de toda vida humana, que conduzcan a un compromiso a favor de la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural.
- Promover acciones encaminadas a la defensa de los derechos de las mujeres.
- Ofrecer ayuda a los padres que tienen dificultades para seguir criando y educando a sus hijos.
- Ayudar a los distintos centros de acogida de niños huérfanos, de niños de la calle, de jóvenes sujetos a cualquier tipo de adicción, etc.

