«Francisco de Asís, desnudo»

Francisco, desnudo al comienzo y desnudo al final…

Hace casi 800 años atrás, al atardecer del tres de octubre de 1226, Francisco de Asís se desnudaba para, recostado en la Hermana Madre Tierra, celebrar su tránsito hacia las manos del Misterio. Todo había cristalizado unos veinte años antes, con el mismo gesto, desnudándose ante el obispo y ante su padre, entre sus amigos, detrás de su vergüenza, delante de Dios. Así lo narra su primer hagiógrafo, Tomás de Celano: «Desde ahora diré con libertad: `Padre nuestro, que estas en los cielos’, y no padre Pedro Bernardone, a quien no sólo devuelvo este dinero, sino que dejo también todos los vestidos. Y me iré desnudo al Señor» (2 C VII,12). Así, dejó caer todos sus ropas y sus disfraces. Y se fue, desnudo y desnudándose. Durante veinte años.

Desnudándose de sus ambiciones prometeicas, ilusoriamente fundadas en la violencia militar o en el lucro burgués, arrancó su aventura. Quería ascender socialmente, hasta que descubrió que para “subir” ese era un camino equivocado. Entonces, comenzó a “descender” hasta la humanidad negada de los leprosos. Y, curando, comenzó a ser curado. Lo amargo, comenzó a parecerle dulce. Y viceversa (cf. Tes 1-3).

Desnudándose del instinto de dominación, se hizo hermano y menor. Hermano de todos y de todo, porque experimentó visceralmente la Paternidad universal de Dios. Menor, porque descubrió que ese Padre se había acercado definitivamente a su creación en la carne de su Hijo, desde abajo y desde al costado, para lavar los pies de sus hermanos (cf. Adm 4).

Desnudándose de la soberbia mesiánica y sectaria de vivir el evangelio sine glosa como puros elegidos, fue con sus hermanos a Roma, una y otra vez, a escuchar y obedecer –sin transigir en lo esencial– el encuadre institucional de su intuición carismática que le señalaba la iglesia. Pero recordando que, si resulta difícil un carisma sin institución, imposible será una institución sin carisma.

Desnudándose de tradiciones que asfixian y anclan para andar ligero, rechazó las formas de vida religiosa –reglas– que desde dentro y desde fuera le aconsejaban para que “acomodara” su propuesta sin propuesta. Porque lo único que quería, decía, era volver a la frescura de la Buena Nueva sin concesiones: “La regla y vida de los hermanos menores es ésta: observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad” (2R 1,1).

Desnudándose de la convicción de ostentar la única verdad sobre el único Dios, sin más armas que el gesto no violento y la palabra sin gritos, visitó cortésmente al sultán Melek-el-Kamel, en una contra-cruzada eclesial, desde abajo, en voz baja y por afuera. Sin medir el éxito ni el fracaso. Por pura gratuidad (cf. 1C XX, 57).

Desnudándose de la pretensión de apropiarse lo que el Señor mismo le había revelado (cf. Tes 14), aprendió del fatigoso andar sinodalmente avant la lettre –sin fingimientos y sin coartadas–, dialogando, confrontando, renunciando y volviendo a apostar.

Desnudándose de la concupiscencia de la seguridad, supo afrontar la espesa noche oscura que lo atormentó durante los últimos años de su vida con las amenazas del sin-sentido, con la duda vocacional profunda, por el sentir estar demás: “Tú eres un simple y un inculto. Ya no vienes con nosotros. Nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos”. (VerAl, 11).

Desnudándose de la angustia que lo asfixiaba, exorcizó los demonios de la desesperanza y la desesperación y los convirtió en canto, para cantar con las creaturas todas al Altísimo que, aún en medio de la noche, brillaba tenuemente, despuntando amanecer como el Sumo Bien (cf. Cánt, 1). Las manos alzadas, llagadas por la historia, se comenzaban a abrir hacia el infinito. Y le daban la bienvenida a la Hermana muerte.

Así narra sus últimas horas el celanense: “Aun a la muerte misma, terrible y antipática para todos, exhortaba a la alabanza, y, saliendo con gozo a su encuentro, la invitaba a hospedarse en su casa: «Bienvenida sea -decía- mi hermana muerte». Y al médico: «Ten valor para pronosticar que está vecina la muerte, que va a ser para mí la puerta de la vida». Y a los hermanos: «Cuando me veáis a punto de expirar, ponedme desnudo sobre la tierra -como me visteis anteayer-, y dejadme yacer así, muerto ya, el tiempo necesario para andar despacio una milla». Llegó por fin la hora, y, cumplidos en él todos los misterios de Cristo, voló felizmente a Dios” (2 C CLXIII, 217).

Francisco, desnudo al comienzo y desnudo al final. “Nada de ustedes retengan para ustedes mismos, a fin de que entero los reciba el que todo entero se les da”, había aconsejado a sus hermanos, unos años atrás (CtaO, 29). Hoy, ochocientos años después, me descubro escribiendo estas líneas, vestido y sepultado, instalado y retenido, y entonces me pregunto por qué me sigue conmoviendo el creer –firmemente– que todavía hoy “va Francisco, / desnudo a todas horas / como Dios mismo!” (J.L. Cortés, Francisco, el Buenagente, Madrid, San Pablo 198, 57).

Fray Michael Moore

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