El sacramento de lo cotidiano

Aunque no han faltado las buenas noticias, este ha sido un año difícil, en medio de tiempos complejos para toda la humanidad. Es que vivimos los problemas sociales, políticos y, sobre todo, económicos, con el trasfondo del derrumbe de las certezas en las que hemos crecido, de los sentidos de vida y los credos que han marcado nuestra vida, lo cual nos ha ido dejando aceleradamente a la intemperie. Y como suele ocurrir en tiempo de profundas transformaciones culturales, vemos que, tanto los líderes, como las instituciones, las verdades, las religiones, las ideas políticas, etc., no son lo que creíamos. Este colosal desmoronamiento nos ha pillado desprevenidos, ha sobrevenido antes de haber podido recomponer nuestros credos o reagrupar certezas. Por eso, estamos dolidos, confusos, enojados, deprimidos, desencantados y muy perplejos. Y, en medio de este caos social, moral, ideológico y emocional, nos preguntamos ¿Qué celebrar en esta Navidad?, o ¿Qué queda aún en pie por lo que valga la pena jugarse la piel?

Sin embargo, la vida, la historia y la humanidad, a diferencia de lo que nos han hecho creer, no se sostienen por la conducción de sus líderes, ni el poder de las instituciones, ni la adhesión monolítica a creencias ni costumbres. La historia se sostiene y renueva, gracias a la fuerza incontenible de esa inmensa mayoría de la humanidad que vive lejos de las esferas del poder, ajena a la corrupción y advertida de la manipulación de quienes anuncian verdades en las que no creen. Esas gentes sencillas que viven su vida genuinamente y cuidan de los suyos con responsabilidad, son quienes mantienen la trama social y llevan adelante honorablemente la historia.

Sin embargo, la vida, la historia y la humanidad, a diferencia de lo que nos han hecho creer, no se sostienen por la conducción de sus líderes, ni el poder de las instituciones, ni la adhesión monolítica a creencias ni costumbres. La historia se sostiene y renueva, gracias a la fuerza incontenible de esa inmensa mayoría de la humanidad que vive lejos de las esferas del poder, ajena a la corrupción y advertida de la manipulación de quienes anuncian verdades en las que no creen. Esas gentes sencillas que viven su vida genuinamente y cuidan de los suyos con responsabilidad, son quienes mantienen la trama social y llevan adelante honorablemente la historia.

Por esto, celebrar la Navidad es reconocer que lo ordinario de la vida tiene un carácter sacramental. Vale decir, en las simples y habituales tareas de trabajar, cuidar de los nuestros y cumplir nuestros deberes de diverso orden, vamos develando el recóndito sentido de la vida; tras la apariencia banal, repetida e intrascendente de lo corriente, se encubre el modo de construir creativamente la vida y la historia, puesto que, a la vez que mediante lo ordinario nos adaptamos a la realidad, también hacemos una reiterada transgresión de lo vigente, abriendo camino al crecimiento, al cambio y la transformación. Por eso dicen los versos:

“En lo cotidiano habita el asombro,

lo común engendra lo inusitado.

En el mar de lo sabido no te nombro,

atento a la ola de lo inesperado”.

Porque cotidianizar es el modo de estar presente en el lugar en que lo intrascendente se revela significativo, preñado de acontecimientos kairóticos, de encuentro con el Dios que se hizo humanidad, historia, rutina y cotidianidad. ¡Confiar en esto es algo que vale la pena celebrar!

Por eso, abracemos a los que amamos, saludemos a los que están lejos, pero cerca del corazón, tengamos compasión de los que están perplejos, cuidemos a los que sufren, recordemos con adolorida ternura a los que ya no están con nosotros, y sigamos creyendo en la locura de que un recién nacido puede cambiar la historia.

¡Una muy sacramental navidad para todas y todos!

Ana María Díaz, Ñuñoa

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