El insólito ascendiente de un rey

En estos últimos días, la humanidad, paradojalmente, ha vivido dos hechos muy contrastantes, que se ubican, a primera vista, polarmente en los extremos opuestos de un continuo. El 15 de noviembre la población mundial alcanzó el increíble tamaño de 8.000 millones de habitantes, tan solo 11 años después de haber alcanzado 7000. Muchos celebraron este hecho como una exitosa hazaña sin precedentes, que habla de la capacidad que hemos alcanzado de conservar la vida, de prolongarla y protegerla de muchas de sus amenazas. Otros en cambio, han tildado la magnitud alcanzada como la peor plaga para la tierra. Dos días después, la explosión de un misil en territorio polaco que, lamentablemente mató a dos personas, desencadenó, durante muchas horas, un pánico mundial por el temor de que la guerra de Ucrania escalara involucrando a la OTAN y al potencial uso de armas nucleares, con impredecibles consecuencias para la sobrevivencia de la humanidad.

Todo esto nos recuerda que, en su obra «La República», Platón describe dos ciudades-estado imaginarias. Una es saludable y la otra «lujosa» y «febril». En esta última, la población gasta y devora en exceso, entregándose al consumo hasta «sobrepasar el límite de sus necesidades» Esta ciudad-Estado moralmente decrépita finalmente recurre a apoderarse de las tierras vecinas, lo que naturalmente desemboca en una guerra: simplemente no puede mantener a su gran población codiciosa sin recursos adicionales. Recodemos que esta obra fue escrita alrededor del 375 a C.

Antes y ahora la humanidad ha tenido problemas muy similares y, sobre todo, sin dar muestra de encontrar respuestas nuevas. Por esto, nos preguntamos con una mezcla de asombro y angustia dónde encontrar un camino viable por el que transitar…

La próxima semana comienza Adviento, inaugurando el nuevo año. Celebramos la fiesta de Jesús Rey del universo y, asombrosamente, el texto del evangelio relata sus últimos momento, clavado en la cruz, sangrando, con un letrero sobre su cabeza que dice: El rey de los judíos, objeto de burlas de magistrados y soldados romanos, instándolo a bajar de la cruz y ponerse salvo, usando su poder.

Pasan los siglos y seguimos necesitando dramáticamente comprender la sutileza de la verdadera justicia, de la paz, el reencuentro, la fraternidad, la sabiduría, la belleza y el amor. Se trata de no refugiarse en el poder, de no sostener verdades que lo son sólo por el ejército que tienen detrás; de no establecer colusiones disfrazadas de alianzas, diálogos adúlteros ni negociaciones con intereses espurios. Se trata de actuar con la voluntad de salir de la trinchera y dejar de parapetarse en la violencia. Se trata de tener el coraje de despojarse y defender una verdad inerme.

Seguimos abrazando el mensaje de Jesús, nuestro insólito rey, cuyo único ascendiente es creer en el poder de la debilidad, de las manos limpias, la mente abierta y los corazones desnudos. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa

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