Divino alfarero

El maravilloso relato de la creación nos presenta a Dios con la imagen de un alfarero: modela al ser humano con «polvo del suelo», sopla en sus narices «aliento de vida» y el ser humano se convierte en un «ser vivo». En hebreo hay un juego de palabras entre adam, el ser humano, y adamah, el suelo. De ahí nacen dos perspectiva muy unidas. Una que invita a reconocer que somos una materialidad dependiente y finita, y otra que invita a transformar la tierra de la que formamos parte en algo vivo, trascendente e infinito. En el mismo relato, el ser humano recibe la misión de dar vida, cultivar y cuidar el jardín.

En esa misma línea, el evangelio de hoy nos narra la historia de las 10 doncellas que velan la llegada del novio. Un texto que ha sido por largo tiempo materia de controversia entre los especialista por decidir si es una parábola o una alegoría, olvidando que los textos simbólicos contienen profundas verdades y los textos realistas son a la vez profundamente simbólicos. Con todo, se trata de un relato que recoge ritos nupciales en tiempos de Jesús, en que la celebración de bodas se iniciaba por separado en casa de la novia y del novio y duraba varios días. En la noche de alguno de esos días, cuando lo decidía el padre del novio, este se dirigía con sus amigos a la casa de la novia – en una procesión que recogía por el camino a todos lo que se iban cruzando – para celebrar el rito de la boda. Un grupo de doncellas de la familia velaba en la entrada a la espera del novio para anunciar su llegada y conducirlo a la casa.

Este texto se considera parte de discurso de la Parusía, es decir, el que llama la atención acerca de cómo vivir para estar preparados a enfrentar el juicio final. Pero, con frecuencia, una mirada ascéticamente moralizadora ha despojado al texto de su mensaje más gozoso.

En lo central el relato nos dice que el reino de Dios consiste en honrar la vida manteniendo la lámpara encendida. Se trataba de lámparas hechas con arcilla dentro de las cuales ardía el aceite que ilumina. Si recordamos que el aceite simboliza el espíritu divino, al igual que el soplo de aliento y el fuego, es imposible no volver la mirada al relato de la creación, y reconocer el hondo simbolismo presente en el llamado a mantener la vitalidad del abrazo entre arcilla y aceite. La sabiduría está en hacer un reverente cuidado del fuego que nos llena de luz y de vida.

El evangelio de hoy nos recuerda que el reino de Dios no consiste en hacer una temerosa y purgada vigilancia del incierto instante de la evaluación final, sino de confiar en las gozosas sorpresas de la vida en abundancia; no en un puritano rigor en el cumplimiento de reglas, sino en un apasionado deseo de expandir la abundancia de la vida; no consiste en sensatos ni razonables equilibrios, sino de un exaltado entusiasmo por vivir; no de calculados ejercicios de acumulación de méritos, sino del desborde de la pasión y los sueños; no de una mezquina cortesía en las relaciones, sino del cultivo vehemente de la fraternidad universal.

Sin embargo, siempre corremos el riesgo de ser frívolos, descuidados y necios dejando que se apague la luz que viene de adentro. Nada puede ser más doloroso que ponerse en el escenario de que Dios nos miré y nos diga: no te conozco, no te reconozco como lo que soñé para ti. Sería como quedar definitivamente fuera de la fiesta de esponsales con la vida. Sin embargo, ese maravilloso momento en que el aceite ungió al barro, y lo marcó como algo extraordinario y sagrado, se prolonga como una invitación siempre abierta para todas y todos.

Celebremos la buena noticia de estar invitados a cultivar nuestra vocación de origen y ser alfareros fieles, para que la naturaleza, la vida, la sociedad y la noósfera fructifiquen fecundamente repitiendo el eterno abrazo de vida y luz. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 08 de noviembre de 2026

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