De lo que rebosa el corazón

Cuando nos detenemos a pensar hacia dónde vamos como humanidad, o incluso hacia dónde se encaminan nuestras realidades más cercanas, es difícil no experimentar Weltschmerz, ese término alemán difundido por Schopenhauer para expresar el dolor que nace al contrastar nuestros ideales sobre cómo debería ser el mundo con la dolorosa y abrumadora realidad de la condición humana.

Nos inquieta la dureza que se ha instalado en la vida pública; estilos de liderazgo que parecer considerar la confrontación, la agresividad y la exhibición del poder como signos de autenticidad y fortaleza. Nos preocupa también que, mientras nuestros grandes problemas se han vuelto cada vez más globales, las respuestas tiendan a encerrarse dentro de las fronteras nacionales.

Porque los desafíos más graves que enfrentamos como humanidad – la crisis ecológica, la fragmentación geopolítica, los riesgos nucleares, la concentración del poder tecnológico, la erosión de la democracia y de la verdad, la desigualdad y la exclusión, el cuidado de bienes comunes como los océanos, el ciberespacio, la inteligencia artificial o el genoma – no tienen dueño ni reconocen fronteras. Vivimos una grave asimetría: tenemos problemas globales que requieren miradas amplias y decisiones de largo plazo, pero solemos responder desde intereses particulares y horizontes cada vez más cortos.

Frente a este panorama podemos sentirnos pequeños e impotentes. ¿Qué puede hacer una persona concreta para cambiar el rumbo de problemas de semejante magnitud?

El Evangelio de este domingo no nos entrega una estrategia para resolver los grandes problemas del mundo. Hace algo quizá más profundo: nos pregunta desde dónde estamos construyendo nuestra vida.

Jesús dice a sus discípulos, y nos dice también a nosotros: “Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica […] se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida”.

Hay algo especialmente significativo en esos verbos: cavar, ahondar, poner cimientos. Jesús no promete que no vendrá la crecida. El río llega tanto para quien construyó sobre roca como para quien construyó sobre arena. La diferencia está en aquello sobre lo cual cada uno ha edificado.

Quizá sea esa una de las grandes invitaciones para nuestro tiempo: aprender a vivir con profundidad. Educar el corazón en la sabiduría de la sensatez; prestar atención a lo que está en juego en nuestras decisiones, y en nuestra manera de vivir; desarrollar la capacidad de comprender a fondo aquello que afecta nuestra existencia y actuar en consecuencia. Mantener saludable nuestra esperanza, aprender a reconocer y agradecer el bien que recibimos cada día y cultivar la sabiduría de no escondernos, distraernos ni taparnos los ojos frente a lo que sucede. Porque nuestro modo de vivir nace, finalmente, de lo que rebosa el corazón.

Si el corazón se va llenando de miedo, resentimiento, falsedad o indiferencia, terminaremos construyendo desde allí. Si aprendemos a llenarlo de verdad, compasión, lucidez y esperanza, también eso irá tomando cuerpo en nuestra manera de estar en el mundo.

Y entonces la pregunta vuelve: ¿qué podemos hacer las personas concretas para contribuir a reorientar el rumbo de la humanidad?

Podemos comenzar por cuidar aquello con lo que alimentamos nuestro corazón y nuestra mirada: informarnos con rigor, no compartir odio ni falsedades, aprender a comprender antes de reaccionar, pensar sabiamente antes de actuar.

Podemos cuidar y reconstruir nuestros vínculos: recuperar el sentido de comunidad y de vecindad, crear redes de cuidado y ayuda mutua, dialogar con quienes piensan distinto, disminuir la polarización y aprender nuevamente a encontrarnos.

Y podemos hacernos responsables del pequeño territorio del mundo sobre el que realmente tenemos alguna capacidad de actuar: participar, organizarnos, exigir cuentas, consumir responsablemente, cuidar nuestra huella ecológica, comprender las nuevas tecnologías y sus poderes, vincular nuestras decisiones cotidianas con aquellas grandes causas que comprometen el futuro común.

Tal vez ninguno de nosotros pueda cambiar por sí solo el rumbo de la humanidad. Pero sí podemos decidir desde dónde queremos vivir, qué queremos alimentar en nuestro corazón y sobre qué roca queremos construir nuestra casa.

Se trata, en definitiva, de pensarnos como humanidad, asumirnos como ciudadanos y actuar como vecinos. Las catedrales no fueron construidas por una sola persona ni en un solo día. Fueron posibles gracias al trabajo paciente, humilde, esperanzado, necesario y continuo de quienes fueron poniendo, uno tras otro, los ladrillos.

Quizá esa sea también nuestra tarea. Seguir poniendo ladrillos. ¡Amén!

Ana María Díaz Ñuñoa, 13 de septiembre de 2026

Te invitamos a leer los siguientes artículos