Configurar el corazón

El antropólogo inglés Gregory Bateson (1904 – 1980) nos enseñó que los dobles vínculos son dilemas comunicativos que manifiestan una contradicción entre dos o más mensajes. Esto lleva a que, el receptor, responda como responda, siempre estará cometiendo un error. Sin que podamos percibirlo, los mensajes suelen estar codificados en niveles de abstracción distintos, pero expresan peticiones u órdenes simultáneas, de tal modo que es imposible cumplir una de ellas sin desobedecer la otra. Según Bateson, muchas personas en posiciones de autoridad utilizan los dobles vínculos como herramienta para controlar a otras.

El evangelio está lleno de momentos doble vinculantes para Jesús: recordemos la situación de la mujer adúltera, el libelo de divorcio, la cuestión del culto en Jerusalén o el monte Garizím, el hambre y el sábado, el derroche de perfume y las necesidades de los pobres, etc., etc. Su sabiduría espiritual y el arte de su oficio de maestro, le permitieron no caer nunca en la trampa de elegir entre falsas alternativas, y también darnos maravillosas lecciones de armonizaciones superadoras de mentalidades escindidas. Sin embargo, nos ha costado hacernos cargo de esta sabiduría y hasta hoy seguimos pensando que el orden temporal se opone al orden trascendente, que las pulsiones amenazan el amor, que la fantasía es menos importante que la idea, que lo íntimo subjetivo contamina lo social objetivo, que la intuición es peligrosa y la reflexión segura, que mujer y ministerio son excluyentes, que el amor es una situación permanente versus procesos que evolucionan, que lo natural debe subordinarse a lo espiritual, entre otras separaciones equivocadas.

El evangelio de hoy trata de uno de los más conocidos doble vínculos en que se encontró Jesús. En los días previos a su arresto, cuando las cosas estaban muy exaltadas, se confabuló un grupo de fariseos y herodianos, que de hecho eran enemigos entre sí, para ponerle una trampa a Jesús, preguntándole sobre el asunto del pago de impuestos a Roma. Los herodianos, creían que no había ningún conflicto en ser partidario del César y honrar al Dios de Israel, pensaban que, si Jesús se oponía al pago de impuestos, lo podrían acusar de sedición; los fariseos, contrarios a la dominación romana, pensaban que, si él estaba a favor, lo podrían desprestigiar como traidor a la causa de Dios y del pueblo elegido. Era una trampa en toda regla, y una muy peligrosa, como quedó demostrado los días posteriores. Era una trampa, puesto que, aparentemente, respondiera lo que respondiera, él saldría perdiendo, como bien sabían, todos los involucrados en este diálogo.

La cuestión que le plantearon a Jesús involucra falsas alternativas, como suelen ser muchas de las cuestiones que se debaten hoy en el mundo: estar con el César a no estarlo, ser fiel al Dios de Israel o no serlo, ser leal o ser traidor, estar con el orden social o el caos, etc. El bien y la verdad nunca se definen por opciones cerradas, nunca oponen alternativas de distinto nivel lógico, nunca pretenden una respuesta simplista como si o no.

La respuesta que dio Jesús debe ser una de sus frases más conocidas, y sin duda, la peor interpretada a lo largo de la historia. “Al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” se ha entendido, bien como el aval divino a todo poder temporal, bien como una respuesta tibia y acomodaticia, bien como fundamento del carácter ahistórico del reino de Dios, anunciado por Jesús, u otras interpretaciones parecidas.

Con su respuesta Jesús reinterpretó la pregunta y la puso en sus verdaderos términos. El asunto no es cómo entender la relación entre Israel y el César. El asunto de fondo es la relación entre Israel, o cada uno de nosotros, la humanidad entera, y Dios. De ahí es de donde nacen los criterios para orientar las acciones, las decisiones, las reflexiones y el lugar desde el cual mirar la vida y a nosotros mismos. Porque la dignidad, la justicia, la libertad, la paz, el bien, el amor, la verdad y la belleza son cosas de nuestra relación con Dios, a la que la relación con cualquier César está supeditada.

De la invitación de Jesús se desprende el desafío de cuidar la lucidez personal, grupal, institucional, social, de tal modo que estemos siempre abiertos a revisar el conjunto de respuestas con que estamos enfrentando nuestra vida, para no dejarnos llevar por los dobles vínculos que la acechan.

“Dar a César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” es una invitación a dejar de pagar tributos engañosos, sosteniendo con monedas ilícitas las fracturas que nos impiden amar, trabajar, orar, crear, convivir, bailar y reír en entrañable comunión con nosotros mismos, con todo, con todos y con Dios; una invitación a no convertir en destino circunstancias azarosas, a no poner nuestra libertad en manos de cualquiera, y a hacernos cargo con dedicación, apertura y paciencia, de la permanente configuración de nuestro corazón. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 18 de octubre de 2026

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