800 años de vida franciscana en el mundo

En todos los rincones del mundo no se puede dejar de celebrar 800 años de vida franciscana. Es por ello que en primer lugar, debemos dar gracias al Omnipotente por su gran amor mostrado en su hijo Francisco de Asís. En segundo lugar, debemos dar gracias al Hermano Francisco de Asís por su disponibilidad que tuvo en dejarse seducir y transformar por el Dador de la Vida manifestado en su Hijo Jesucristo bajo la acción de su Espíritu Santo.

Redacción y aprobación de la Regla

Según Celano y san Buenaventura, el reencuentro fue un gran milagro atribuido a la oración de Francisco y al ardiente deseo de volver a ver a todos (1C 30, LM III, 7). En realidad regresaron a Asís “en el tiempo establecido”, según el mismo Celano y el Anónimo de Perusa (2C 41, AP 24). La felicidad de estar juntos otra vez les hizo olvidar las penalidades sufridas, y cada cual contó al santo sus experiencias, sin ocultar nada y pidiendo humildemente corrección y penitencia por las posibles culpas y negligencias cometidas (1C 30, AP 25, 3C 41). Francisco, por su parte, “se puso a manifestarles sus propósitos, y lo que el Señor le había revelado” (1Cel 30). Se refería, sin duda, a su intención de redactar una regla, como él mismo explica en su Testamento: “Y luego que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba lo que debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que tenía que vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo lo hice escribir con pocas palabras y con sencillez, y el señor Papa me la confirmó”.

La redacción de una regla se debió, siempre según las fuentes, al aumento del número de hermanos, y estaba formada por textos evangélicos y “otras normas indispensables y urgentes para una santa vida común”, en palabras de Celano (1C 32). La Crónica de los XXIV Generales, de mediados del siglo XIV, dice expresamente que se redactó en Rivotorto (cf. AF III, 5-6), y así se ha creído siempre en Asís.

Una vez redactada la regla, Francisco, reunió a “los once hermanos que tenía” (LV 21,3), y les dijo: “Puesto que parece que el Señor nos quiere aumentar, vayamos a nuestra madre la Iglesia de Roma, a comunicar al Sumo Pontífice lo que el Señor ha empezado a obrar por medio nuestro, de manera que podamos realizar nuestra misión según su voluntad y su mandato”. Por el camino eligieron a Bernardo como guía o “vicario de Jesucristo”. Marchaban contentos, orando o hablando sólo del Señor y de cosas útiles para su vida espiritual, “y el Señor les proporcionaba, en el momento oportuno, comida y alojamiento” (3C 46, AP 31).

En Roma encontraron al obispo de Asís, que “se ofreció para aconsejarles y ayudarles” (1C 32), y los presentó al cardenal benedictino Juan de San Pablo, obispo de Sabina (AP 32, 3C 47). Éste, temiendo que no lograran perseverar en aquel “propósito” de vida, trató de orientarlos hacia la vida monástica o eremítica; hasta que, vencido por la insistencia de Francisco, se le ofreció como procurador (1C 32-33, AP 33).

El cardenal habló de Francisco a Inocencio III como de un hombre virtuoso, comprometido en vivir la perfección del Evangelio, mediante el cual quería el Señor renovar la Iglesia (AP 32, 3C 48). Más, cuando el Papa lo tuvo delante, o porque estaba en aquel momento concentrado en meditación, o por su aspecto pobre y desastrado, lo echó sin contemplaciones. Pero aquella noche, según san Buenaventura, soñó con una pequeña palmera que crecía bajo sus pies, hasta convertirse en una planta muy alta. Entonces, según el testimonio de un sobrino de Inocencio III (cf. LM III, 9), mandó llamar de nuevo a Francisco, y reunido en consistorio escuchó con interés el propósito de Francisco y de los suyos, de vivir plenamente confiados en la providencia. El cardenal Juan de San Pablo abogó en su favor, y también, según Ángel Clareno, el cardenal Hugolino, obispo de Ostia. Pero al Papa y a otros prelados les pareció aquella forma de vida “insólita y demasiado ardua”, si no para ellos, sí para los que vinieran después, por lo que aplazó su decisión, pidiendo a Francisco que pidiera mientras tanto, al Señor que le manifestara mejor su voluntad (1C 16, LM 3,9, 3C 49, AP 34).

Obediente a la voluntad del Papa, Francisco se puso enseguida en oración, y el Señor le inspiró la parábola de un rey enamorado de una mujer de su reino, hermosa, pero muy pobre, con la que tuvo unos hijos también hermosísimos. Y la madre, después de educarlos noblemente, los mandó al rey, recomendándoles que no se avergonzaran de ser pobres. El monarca los reconoció enseguida como hijos suyos y les dijo que no temieran, “pues, si a mi mesa comen los extraños, más justo será que coman en ella los que tienen derecho a toda la herencia” (1C 16).

Francisco explicó al Papa que él era aquella mujer, y los hijos, sus compañeros, a los que jamás faltaría el sustento en la mesa del Señor. Admirado de “que el Señor manifestara su voluntad a un hombre tan simple” (AP 36), el Pontífice se acordó de un sueño que había tenido días antes, en el que veía a un religioso pequeño y despreciable sosteniendo con sus hombros la iglesia de Letrán, a punto de hundirse (2C 17). Abrazó, pues, a Francisco, y le aprobó la regla, dándoles autorización para predicar la conversión. El santo prometió obediencia al Papa, y sus compañeros a él. Luego les dio la bendición y los invitó a volver cuando crecieran en número y en gracia, para recibir “otros favores y encargos más importantes”. Tras visitar los sepulcros de los Apóstoles, recibieron del cardenal Juan de San Pablo las órdenes menores que les facultaban para predicar (1C 33-34, 3C 49.51-52, AP 36). Según la tradición, la aprobación fue el 23 de abril de 1209. Con toda seguridad fue antes del 20 de mayo, fecha del traslado de la curia romana a Viterbo.

Conclusión

Cómo no alegrarse y celebrar la presencia del carisma franciscano en este mundo. El mensaje de paz y bien sigue resonando en este mundo. La opción por la minoridad y la fraternidad, como dos valores propios del franciscanismo siguen siendo significativos en este momento histórico.

Es necesario pedirle al Pobrecillo de Asís que siga inspirando a sus seguidores a ser testigos de su forma de vida en este mundo que estamos viviendo.

Fray Tomás Galvez

Te invitamos a leer los siguientes artículos